lunes, 15 de noviembre de 2010

LOS SALMOS DE ERNESTO CARDENAL


Cuando llegué a la universidad, principios de los ochenta y antes de la Perestroika, fui duramente confrontado por mi condición de cristiano confeso.

Por una parte, el estudio científico de la sociedad latinoamericana, y venezolana, desde la perspectiva teórica del marxismo, me revelaba los mecanismos de opresión, y las relaciones de explotación de los hombres, y los países, entre sí. El descubrimiento de la realidad terrible de la pobreza de los terceros mundos, la lógica de la primacía del capital, y del mercado, sobre el bien de la persona humana, me hicieron pasar, a marchamartillo, de una conciencia ingenua a una conciencia crítica, en mi comprensión del mundo y de la historia.




El gran dilema, y el de toda una generación de creyentes, era éste: ¿qué papel jugaba la Iglesia latinoamericana, y los cristianos en ella, en el mantenimiento de un modelo opresivo e injusto de sociedad? Tradicionalmente, la Iglesia era identificada con los grupos más conservadores del sistema. Las duras críticas de Marx, y otros teóricos del materialismo, nos asignaban un triste papel de justificadores ideológicos de la opresión. De hecho, frecuentemente, por el mero hecho de ser cristiano, tuve que soportar sobre mi la sospecha, infundada, de estar a favor de los que legitimaban la injusticia; de ser, como se decía por aquellos años, un pequeño burgués.

Aunque comulgaba con su análisis crítico de la sociedad capitalista, me daba perfecta cuenta que el ateísmo propio de las filosofías materialistas, y de la dialéctica marxista, atentaban, en última instancia, contra el bien y la dignidad de la persona humana, supeditando el individuo al Estado, su conciencia individual, y su libertad, a un pensamiento único. Es decir, en mi fuero interno, mi postura ante el marxismo, que dominaba teóricamente toda la escena universitaria, era ambivalente.


Fue entonces cuando, gracias a la Parroquia Universitaria de la UCV, que comencé a frecuentar por esos años, fui conociendo lo que se estaba gestando en la Iglesia latinoamericana, que desde los documentos de Medellín (1969), y de Puebla (1979), había hecho una opción preferencial por los pobres de nuestro continente. De fondo, una nueva teología, llamada de la liberación, de cuño latinoamericano, que intentaba dialogar con las ciencias sociales, con la cultura, con la historia, con ese marxismo que estaba por todas partes, lo cual significó, para mí, sumergido en un entorno hostil a la fe, una respuesta desde el Evangelio y el magisterio eclesial, al montón de preguntas y cuestionamientos que rondaban por mi cabecita veinteañera.

En esos años estaba muy reciente, por ejemplo, el testimonio martirial de Monseñor Romero, Obispo de San Salvador (1980), y gran defensor de los derechos humanos; la revolución sandinista (1979), en la que participaron fuerzas vivas de la Iglesia nicaragüense, y tantos testimonios de comunidades de base, esparcidas por todo el continente, formadas por campesinos, obreros, estudiantes, amas de casa, teólogos, catequistas,...

Junto con mis compañeros izquierdosos de la facultad, yo también quería una sociedad distinta, la transformación política y social de Venezuela y de América Latina, el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases populares, la igualdad, el desarrollo,...Pero, como cristiano, el fundamento de mi lucha no era un partido político ni una filosofía, sino el Evangelio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, su amor a los pobres, su profetismo y entrega a los demás.

Además, la lectura compartida del Evangelio me ayudó a encontrar mi centro, lo cual me permitió situarme frente al mundo, vivir mi formación profesional, con una actitud dialogal, abierta, desde mi propia identidad cristiana, en comunión con quienes, como yo, soñábamos con la transformación social de Venezuela, y de América Latina.

De esta experiencia aprendí que sólo se puede dialogar, desde la propia identidad. Podemos hacer concesiones en cuanto a los modos, y al lenguaje, para favorecer la comunicación, pero nunca en relación al contenido de lo que somos y creemos: cristianos.

En este contexto leí por primera vez el libro-poemario Los Salmos, del entrañable poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. Recuerdo, que cuando tenía un tiempito libre me despatarraba por una zona verde que en la UCV llamaban, eufemísticamente, "tierra de nadie", y me ponía a leer a mis anchas estos "Salmos", un conjunto de poemas bíblicos re-escritos desde la circunstancia histórica de Nicaragua, y de América Latina.

El poeta, apropiándose del texto bíblico, nos ofrece una nueva versión del mismo desde la perspectiva de las victimas de la historia actual.

Estos Salmos de Cardenal ¿qué son? ¿Son oraciones?, ¿Son poemas?, ¿Son profecías?

Tengo para mí que todo depende del desde donde se leen (y se viven). En todo caso, juzguen ustedes mismos.

Yo los quiero leer hoy, y dedicar, desde el silencio de las victimas del hermano pueblo del Sahara, apenas a 100 Km. de nuestras islas Canarias.


Que Nuestro Señor Jesús nos conceda a todos y todas un corazón henchido de humanidad.

Sobre todo eso, como cantaba Alí Primera, que sea humana la humanidad.


SALMOS: DESCARGAR


@MarceloMartín

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