martes, 20 de septiembre de 2011

EL NABÍ


Entre riscos, sacude manos de polvo y bebe el azufre de verbos colgados en la túnica alba. Aparece en su rostro un niño inocente. En la ebriedad de los amaneceres y las flores vivas, vuelve siempre de sí y alza su frente, bañada de rocío, preparando pregones con la intensa mirada del profeta y el desvarío del orate. Todo lo hurga, dilatando su pupila, inquiriendo el sorbo de luz en la balanza renegada de las sombras. Salta los charcos, se planta en el ágora a la hora del cotilleo y la estocada, no cesa de agitar su pañuelo de vidente. Absuelve el fasto de las cumbres silbando homéricas canciones, mientras despeina pájaros con alas de cera.

Camina bajo el acoso de una historia urgida: 

- ¡ Muerte a los dioses !, ...sólo Uno : “Todo Él ve ; todo Él piensa ; todo Él oye”.

El carromato de las imágenes, arena de piedra y agua, columnas jónicas sin basa ni capitel, todo mira desmoronado su rapsodia inclemente. La conmoción se expande más allá de los tahúres, bueyes y leones, adoradores prendidos de una efigie de dedos, temen sus adulterios, el engendro de las mendaces horas, el estupro de la opinión obsesiva. La grada marmórea se tiñe de la mascarada del sable, ausentes y ahuecados, circulan de nuevo bajo la bóveda del disfraz. Gendarmes de cejas bigotudas hacen una pira con la poética proclama. Él se descuelga de la muralla, un clavo hiere su rodilla rugosa, flores rojas colorean su traje bajo el púrpura de un atardecer.

Los callos de sus pies sobre el río de dorados espejos. Vuelve a la caverna de lamparas de fuego. Unos niños de ojos puros reparan sus fuerzas.

Él permanece en vigilia.


                                                                                                                                @MarceloMartín 

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