lunes, 26 de septiembre de 2011

LA VUELTA


Todo salpicado de barro,
del camino sólo queda un húmedo lodazal,
palúdico criadero desbordante de aullidos.
La asquerosa sensación repele tu andar inestable.

Al fondo, el lúgubre recuerdo de otros senderos.

La mímica de incoherentes noches, esperpénticas, te acusa inexorable,
se atora la fe asfixiada, casi moribunda,
apenas un pabilo de indecisa luz azulada,
y nada más.

Pero hoy,
bajo la pantomima de las horas públicas,
reemprendes obstinado el camino.
Nubecillas de pan y luna,
albas apagadas,
te arrastran con sus dedos.

El aguijón tira de tus genes,
caracolea por la boca de tu estómago,
te impele a la muerte en la vanidad de los relojes.
Se arremolina el acucio del deseo
en el Edén de los colgantes jardines.

Una plástica memoria, los sórdidos chiqueros,
los antros que mienten prolongar placeres cortos,
esfumación de imágenes que atenazan
lo bello, lo bueno, lo real de la hora verdadera.

Por eso huyes, huyes de la ciudad maldita,
tantas veces de ella maldiciente y maldecido,
cansado de su triste amor,
sacudes de ti el letargo
y con tu ir calado de mugre,
te sustraes de las alegrías fáciles.

Te abruma la calima,
el prostituido abismo de tu yo sin mérito,
el peso de la joya dada y destrozada por los cerdos.

Quieres volver.

@MarceloMartín

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