domingo, 18 de septiembre de 2011

LIBROS QUE LEO: "SOSTIENE PEREIRA" de Antonio Tabucchi

Anoche terminé de leer la novela del escritor italiano Antonio Tabucchi: Sostiene Pereira. Mi interés por esta obra nació a raíz de una película, protagonizada por Marcello Mastronianni, que vi por la tele una tarde de maquinal zapping, y que pillé ya empezada. Me pareció interesante la trama, pero como no la había visto desde el principio, me quedaron varios cabos sueltos, y el gusanillo por averiguar qué era por fin lo que sostenía el tal Pereira.

Cosas de la vida. En uno de mis escasos viajes a Madrid, husmeando entre los estantes de una conocida librería de la Gran Vía, me encontré cara a cara con la novela de Tabucchi, portando en la caratula una fotografía del Pereira de la película. Adquirí el libro, pues pienso, ya sé que suena un poco extraño, que hay libros que sencillamente me buscan como lector, y susurran mi nombre desde la balda de la tienda. De vuelta a Tenerife, pasaron cinco años, y la novelita entró a formar parte de la gloriosa lista de reserva de los libros que compro, y que esperan pacientemente a que los cielos se abran y pueda disponer no digo de un día, de días enteros entregados al vicio de leer ya ni me acuerdo, sino de al menos un pequeño rato de solaz para regalarme con el placer de devorar sus páginas.





Hace escasamente un mes le llegó el turno a Pereira.

La acción transcurre en Lisboa a finales de la década del 30 del siglo XX. Un periodista, viudo y de mediana edad, director de la página cultural de un pequeño periódico, obsesionado con el tema de la muerte, contrata a un joven para que le escriba las necrológicas de escritores aún vivos, a fin de tenerlas preparadas en el momento en que acaezca el deceso del literato. El nuevo empleado, que no termina de escribir nada que sea del gusto del protagonista, resulta ser un miembro activo de grupos clandestinos que se oponen a la dictadura de Salazar, y apoyan la causa de los republicanos españoles, en la lucha que sostienen contra el movimiento nacional que se ha alzado en la vecina España.

Pereira, que al principio se escuda en su pretendida neutralidad política para soslayar cualquier consideración sobre lo que está ocurriendo a su alrededor, bajo la influencia del joven, y de su inteligente novia, va sufriendo a lo largo de la novela una transformación en su forma de pensar, hasta el punto de verse cada vez más comprometido con la causa que representan sus nuevos amigos.

La novela está escrita como si se tratara de un testimonio judicial de la versión de Pereira de unos acontecimientos que repetidamente sostiene que sucedieron, y de los cuales se quiere dejar constancia. Este juego ficcional atrapa al lector desde la primera página, pues nos convierte en depositarios de la declaración de unos hechos que no sabemos a qué fin conducen, y que vamos descubriendo capítulo tras capítulo.

Otro rasgo interesante del texto es su tono paródico, a mi me ha hecho recordar al mejor Borges, esa fina ironía que recorre la historia, y que sirve de contrapeso al clima de tensión que prevalece en la obra.

En la novela me he reencontrado con algunos temas que me obsesionan como lector: la soledad, el paso del tiempo, la muerte, la crisis del sentido, y, sobre todo, el dilema moral que encierra toda vida humana que se precie.

La vida de Pereira, con sus preguntas metafísicas y sus conversaciones con el retrato de su difunta esposa, es trastocada por ese “baño” de cruda realidad que le viene de la mano de su joven amigo. Ello es posible porque su conciencia moral es removida desde adentro, y comienza a “ver” lo que antes se resistía a percibir: la situación de opresión que padece el pueblo portugués, y su connivencia con las tácitas complicidades que sostienen el régimen.

Al igual que sucede con Pereira, muchos de nosotros simplemente no vemos la injusticia cotidiana que amanece cada mañana a la puerta de casa, y pensamos, como lo hacía el protagonista en un principio, que eso no nos concierne, que bastante hacemos con cumplir nuestro pequeño compromiso diario.

A veces me he preguntado, sobre todo cuando vivía en América Latina, como aquellos cristianos de los siglos coloniales, que iban a misa y comulgaban, que oraban, que leían el Evangelio, podían convivir con una institución tan odiosa para el cristianismo como la esclavitud. He llegado a la conclusión de que la ideología colonial dominante los había enceguecido, sencillamente no “veían” la contradicción existente entre proclamar las verdades de Jesús de Nazaret, y comprar y vender personas como si fueran mercancía, y explotarlas, y privarlas del don sagrado de la libertad. Sólo algunas mentes lúcidas, con una conciencia moral bien despierta, lo veían claramente, y muchos de ellos, con talante profético, hablaron y actuaron conforme a las exigencias del imperativo ético.

Por eso la sencilla novelita de Tabucchi cuestiona nuestros devaneos para situarnos frente a las cosas que ocurren en nuestras narices. No nos es lícito convivir con las injusticias y permanecer indiferentes, por lo menos desde el punto de vista ético es humanamente reprochable, además de que nos convierte en cómplices no declarados de esa situación que repugna a la conciencia moral.

A veces basta un acontecimiento para que salgamos de nuestro letargo, el contacto con una persona, que nos testimonia su compromiso por una causa justa, con frecuencia sirve de revulsivo. O sencillamente, a todos y todas nos puede pasar, el convertirnos de la noche a la mañana en víctimas de una injusticia, puede obligarnos a replantearnos nuestras actitudes frente a la realidad que acontece.

Aunque pudiera decir muchas más cosas, el estilo sobrio y reflexivo de mi nuevo amigo, el señor Pereira, me invita a dejar reposar lo dicho y lo leído,…

Para quienes quieran echar un vistazo al libro de Tabucchi aquí les dejo el enlace, aunque mi recomendación es que lo adquieran, porque sencillamente vale la pena

LIBRO SOSTIENE PEREIRA : DESCARGAR

                                                                                                                                  @MarceloMartín



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