viernes, 24 de febrero de 2012

RAMOS SUCRE: Escuchar los gritos del destierro



Entre mis poetas de cabecera siempre ha estado José Antonio Ramos Sucre (1890 – 1930). Este enigmático escritor, oriundo de Cumaná, en el oriente de Venezuela, ha viajado conmigo, en mis idas y venidas por estas tierras de Dios. Cuando de tarde en tarde retomo algunas de sus páginas, tengo la sensación de hallarme en casa, con los míos, entre imágenes y voces que, de tanto tutearlas, se me han hecho propias.

J. A. Ramos Sucre
Ramos Sucre es un escritor de poemas en prosa, algunos lo consideran minicuentos, de una belleza extraña, con un lenguaje conciso, pulido, y con algún que otro arcaísmo. Al leer sus historias percibimos enseguida su gran erudición, su notable conocimiento de la historia, su dominio exquisito de la lengua castellana.

Cumaná, Venezuela
Pero quizás lo que causa más extrañeza, y subyuga a la vez, es la temática de sus poemas. Lejos del ambiente tropical de su país, el poeta se ha creado un mundo aparte, influenciado, aunque de manera muy original, por el imaginario del romanticismo europeo: el amor cortés, la edad media, paisajes bucólicos, cortes de reyes, asuntos de caballeros, lo nocturno, lo fantasmagórico y el mundo de ultratumba.

En medio de este universo semántico se revela un hilo conductor: la soledad. Pocos poetas han palpado el abismo de la desolación, el sentimiento de extrañamiento, como el sufrido autor cumanés.

Su extremada sensibilidad estética, su escepticismo ante las posibilidades de felicidad en esta historia, lo han convertido en un desterrado del mundo de la vida, alguien que vive el infierno del dolor, y que no conoce otro horizonte de liberación que no sea el de la muerte.

En este cosmos literario, el Dios, y el hombre, de la buena noticia cristiana están ausentes. Yo he llegado a sentir, lo confieso, una verdadera congoja interior por esta ausencia.

Ramos Sucre es Adán expulsado del paraíso, y vuelto sobre sí mismo porque ha perdido su interlocutor primero, aquel “tú” que venía a conversar con él cuando caía la brisa de la tarde. No es el santo Job, porque éste, en medio de sus desgracias, todavía pregunta al que está más allá de las nubes, ese Dios al que conoce apenas de oídas, y que en la travesía del dolor le ha mostrado su rostro misterioso.

En la soledad de Ramos Sucre no hay sentido, porque en su laberinto, vital y literario, no alienta una palabra nueva que dé significado a la razón del sufrimiento.

En la experiencia del poeta se evidencia la noche que se cierne hoy sobre  el hombre contemporáneo, cuando las circunstancias lo llevan a enfrentarse cara a cara con el sin sentido de la vida, y se da de bruces con un gran vacío, el horror de contemplar un paisaje donde la trascendencia ha sido excluida, y sólo la muerte, como ley irrevocable, se impone como respuesta.

Ramos Sucre ha tenido el coraje de mirar de frente este drama, su sensibilidad e inteligencia le impiden aceptar respuestas fáciles, y evasiones hedonistas que pudieran servirle de anestesia.

El ser humano que llora en la palabra del poeta, en medio de su aparente autonomía, vive a merced de la maldad, propia y la de los demás, o de unas fuerzas ocultas que se imponen como un destino fatal. No es un humano en comunión de amor con la naturaleza  o con los otros, ni mucho menos con un Dios providente y creador, el Padre de misericordia que se nos ha mostrado en el humanísimo Jesús de Nazaret.

Jesús, que ha hecho la experiencia del sufrimiento hasta llegar a sentir el abandono de la divinidad entre los clavos de la cruz, ha asumido la soledad humana que gime y llora en la palabra de los poetas, profetas de esta humanidad que calla y padece, sufrimiento e injusticia, y que tampoco ve luz en la soledad de su propio destierro.

La lectura de Ramos Sucre me sacude  de mi letargo y me invita a escuchar los gritos del destierro de tantos hermanos míos, que soportan el sin sentido de la soledad y la exclusión.

Escuchar al que sufre…descentrarse,… amar.

Porque la única palabra decente que puedo decir, y que está en el corazón mismo de la revelación cristiana, es la del amor, el que testimonió Jesús con su muerte en la cruz, el amor que soporta, acompaña, sana, y trae luz y esperanza al atribulado, el amor de un amigo, de un hermano, de  un vecino, de un compañero o compañera,…

Sí, el amor, la respuesta que testifica Jesús en el ayer, en el hoy y en el mañana de la historia humana.

Sí, el amor, el camino para restaurar la comunión con uno mismo, con la naturaleza, con los otros, con Dios.

Sí, el amor, la medicina que nos libera del laberinto de la soledad.

Les presento a continuación un archivo de las obras completas de Ramos Sucre,  invitándoles a conocer su bella obra literaria, y la profundidad de los problemas humanos que esconde su poesía.

JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE: DESCARGAR



                                                                                                                                                                                        @MarceloMartín



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