lunes, 4 de junio de 2012

¿Para qué sirve el arte?: El arte como revelación

Esta tarde me ha dado por escribir sobre un tema que, sencillamente, me apasiona: el arte. No soy un especialista. Sólo he querido ordenar mis ideas, surgidas aquí y allá, observaciones, lecturas perdidas, diálogos,…y someterlas a la prueba de la página. No pretendo ser original. 

No sé si a muchos les pasa, pero a veces necesito escribir para averiguar qué es realmente lo que pienso. Escribir es pensar y buscarme. 

Bueno, entremos en materia. 

Comienzo con una pregunta: ¿qué significa el arte? Cuando busco su significado no me planteo la indagación del positivista, que sueña con definiciones neutras y académicas sobre la producción artística o la estética. 

Mi pretensión apunta a un nivel más existencial y cotidiano. 

¿Qué sentido tiene la obra artística en medio de la maraña de encuentros y desencuentros que entretejen nuestro vivir diario? 

Más allá de la experiencia fruitiva que podemos gozar al contemplar, por ejemplo, una pintura, todo producto artístico es portador en sí mismo de una revelación. Desvelarla nos impone un “rodeo” a través del sistema de signos que conforman la obra, y que muestran veladamente un orbe de significados, y una propuesta de sentido. 

¿Revelación? 

Es cierto, la palabra parece insinuar diversos significados. En este caso me refiero a una experiencia, en cierta forma intransferible, de desvelamiento de una realidad que permanecía oculta, y que por una serie de eventos - casi siempre de carácter senso-perceptivo - se nos comunica, se nos muestra, se nos hace patente y singular. 

Este descubrimiento implica una renovada conciencia de lo real, el reconocimiento de dimensiones insospechadas de lo que existe y está ahí, y que de paso nos grita o nos rasguña, o quizás una nueva visión, más comprensiva, de lo ya conocido y percibido. 

En la experiencia de la revelación hallamos por lo menos tres elementos: la realidad que se descubre mediante la obra de arte y su contexto; un sistema comunicacional que sirve de mediación significante entre esa realidad y nosotros; y, por último, el protagonista de la experiencia, el actor vivo que rehace y reinterpreta lo que capta al interactuar con la obra. 

Con relación a este último aspecto, toda obra de arte apunta a un “tú”, lo presupone, es ese ojo curioso que ve o lee, son los oídos que escuchan, las manos que palpan. 

Sin alteridad no hay arte, por eso todo producto artístico constituye una propuesta dialogal entre el mundo - visto por un hombre o una mujer de carne y hueso: el artista - y los hombres mismos, la comunidad histórica, el contexto de recepción que dialoga por medio de la obra con la realidad allí aludida. 

Si el “tú” no está presente en la obra, la revelación se hace imposible, y sin revelación el arte pierde sentido, así de sencillo. 

Más allá del objetivo puntual del creador, todo arte está llamado a ser siempre revelación del hombre y de su mundo histórico; a dar cuenta de sus preguntas, de sus sufrimientos, de sus deseos, de sus angustias y placeres, esté o no esté consciente de ello el propio autor. 

Cuando estamos frente a una obra, la pregunta primera que nos asalta, es qué nos revela del hombre este cuadro o escultura, a qué mundo psicológico se adscribe, a cuál contexto alude, qué sentimientos, valores, creencias, lo fundamentan, qué dice al hombre del hombre mismo, qué conciencia tiene de sí y de su contexto histórico. 

Este mostrar lo que el hombre es y vive, y decirlo en forma sugerente, intuitiva, es inherente al arte mismo, en cuanto fruto espiritual de una comunidad histórica, de un tiempo y una circunstancia, con todos sus fantasmas y presunciones. 

Como revelación, la obra de arte nos llama, nos convoca y elige, nos reclama y seduce. 

Escuchamos su voz en una nota musical, en un color, en una forma. Se convierte en una provocación, que empuja, que enamora, que busca liberarnos del automatismo de la percepción inmediata, o de la conciencia fragmentada del caótico suceder cotidiano. 

Este sacudón perceptivo tiene un especial significado para nosotros, pues ha de vencer a la multiplicidad de estímulos a que nos somete la vida moderna, que monopolizan nuestra atención, y que sólo nos exigen una mera exposición de signo pasivo frente al ente emisor. 

En este estado letárgico nos encuentra la oscura frase del poema, el rojo sangre de aquella pintura, las delicadas formas de una escultura,… 

Entonces despertamos, nos introducimos en un proceso de decodificación que reclama nuestra participación y protagonismo, nuestra sensibilidad estética, nuestra inteligencia, nuestra experiencia social previa, e incluso nuestra afectividad. 

Todo ello en función de que la obra descorra sus cortinas, nos muestre su verdad, ese saber comprensivo del hombre mismo, de lo que somos y de lo que soñamos ser, de lo que odiamos y amamos, de lo que carecemos. 

Gozar de esta experiencia nos remite con frecuencia a las preguntas radicales, esos interrogantes que escapan de una cierta mentalidad cientificista, misterios a los cuales no debemos renunciar so pena de empobrecernos existencialmente. 

En este punto el arte y la religión son afines. 

Ambos contribuyen, cada uno a su modo, a liberarnos del aturdimiento y la agresividad que nos despedazan por dentro, y, sobre todo, nos ayudan a encontrarnos con nosotros mismos, con los demás hombres y mujeres, y con la experiencia histórica que nos toca vivir y padecer. 

La experiencia artística, igual que la religión, es siempre una posibilidad humanizante de la vida, un reducto oxigenante, quizás uno de los últimos que nos queda, y que nos ayuda a despertarnos de nuestro letargo y a recuperarnos como hombres y mujeres dignos y conscientes de sí, mostrándonos ese inagotable enigma que significa ser hombre o ser mujer y estar vivos. 

Eso sí, radicalmente vivos. 

@MarceloMartín

2 comentarios:

  1. Buenísimo este texto! gracias por tus palabras y gracias por compartirlo!

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  2. Gracias Diana por tu comentario he vuelto a leer este texto que tenía olvidado y que me agrada que te guste, porque es un reflejo de intuiciones y de pensamientos que han ido madurando en mi sobre un tema que sencillamente me apasiona: el arte. Un saludo desde Tenerife

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