Entre mis poetas de cabecera siempre ha estado
José Antonio Ramos Sucre (1890 – 1930). Este enigmático escritor, oriundo de Cumaná, en el
oriente de Venezuela, ha viajado conmigo, en mis idas y venidas por estas
tierras de Dios. Cuando de tarde en tarde retomo algunas de sus páginas, tengo
la sensación de hallarme en casa, con los míos, entre imágenes y voces que, de
tanto tutearlas, se me han hecho propias.
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| J. A. Ramos Sucre |
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Ramos Sucre es un escritor de poemas en prosa, algunos lo consideran
minicuentos, de una belleza extraña, con un lenguaje conciso, pulido, y con
algún que otro arcaísmo. Al leer sus historias percibimos enseguida su gran erudición,
su notable conocimiento de la historia, su dominio exquisito de la lengua
castellana.
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| Cumaná, Venezuela |
Pero quizás lo que causa más extrañeza, y subyuga a la vez,
es la temática de sus poemas. Lejos del ambiente tropical de su país, el poeta
se ha creado un mundo aparte, influenciado, aunque de manera muy original, por el
imaginario del romanticismo europeo: el amor cortés, la edad media, paisajes
bucólicos, cortes de reyes, asuntos de caballeros, lo nocturno, lo
fantasmagórico y el mundo de ultratumba.
En medio de este universo semántico se revela un hilo
conductor: la soledad. Pocos poetas
han palpado el abismo de la desolación, el sentimiento de extrañamiento, como
el sufrido autor cumanés.
Su extremada sensibilidad estética, su escepticismo ante las
posibilidades de felicidad en esta historia, lo han convertido en un desterrado
del mundo de la vida, alguien que vive el infierno del dolor, y que no conoce
otro horizonte de liberación que no sea el de la muerte.
En este cosmos literario, el Dios, y el hombre, de la buena
noticia cristiana están ausentes. Yo he llegado a sentir, lo confieso, una verdadera
congoja interior por esta ausencia.
Ramos Sucre es Adán
expulsado del paraíso, y vuelto sobre sí mismo porque ha perdido su
interlocutor primero, aquel “tú” que venía a conversar con él cuando caía la
brisa de la tarde. No es el santo Job, porque éste, en medio de sus desgracias,
todavía pregunta al que está más allá de las nubes, ese Dios al que conoce
apenas de oídas, y que en la travesía del dolor le ha mostrado su rostro
misterioso.
En la soledad de Ramos Sucre no hay sentido, porque en su
laberinto, vital y literario, no alienta una palabra nueva que dé significado a
la razón del sufrimiento.
En la experiencia del poeta se evidencia la noche que se
cierne hoy sobre el hombre contemporáneo,
cuando las circunstancias lo llevan a enfrentarse cara a cara con el sin
sentido de la vida, y se da de bruces con un gran vacío, el horror de
contemplar un paisaje donde la trascendencia ha sido excluida, y sólo la
muerte, como ley irrevocable, se impone como respuesta.
Ramos Sucre ha tenido el coraje de mirar de frente este
drama, su sensibilidad e inteligencia le impiden aceptar respuestas fáciles, y
evasiones hedonistas que pudieran servirle de anestesia.
El ser humano que llora en la palabra del poeta, en medio de
su aparente autonomía, vive a merced de la maldad, propia y la de los demás, o
de unas fuerzas ocultas que se imponen como un destino fatal. No es un humano
en comunión de amor con la naturaleza o
con los otros, ni mucho menos con un Dios providente y creador, el Padre de
misericordia que se nos ha mostrado en el humanísimo Jesús de Nazaret.
Jesús, que ha hecho la experiencia del sufrimiento hasta
llegar a sentir el abandono de la divinidad entre los clavos de la cruz, ha asumido la soledad humana que gime y llora en la palabra de los
poetas, profetas de esta humanidad que calla y padece, sufrimiento e
injusticia, y que tampoco ve luz en la soledad de su propio destierro.
La lectura de Ramos Sucre me sacude de mi letargo y me invita a escuchar los gritos del destierro
de tantos hermanos míos, que soportan el sin sentido de la soledad y la
exclusión.
Escuchar al que sufre…descentrarse,… amar.
Porque la única palabra decente que puedo decir, y que está
en el corazón mismo de la revelación cristiana, es la del amor, el que testimonió Jesús con su muerte en la cruz, el amor que
soporta, acompaña, sana, y trae luz y esperanza al atribulado, el amor de un
amigo, de un hermano, de un vecino, de
un compañero o compañera,…
Sí, el amor, la respuesta que testifica Jesús en el
ayer, en el hoy y en el mañana de la historia humana.
Sí, el amor, el camino para restaurar la comunión con uno
mismo, con la naturaleza, con los otros, con Dios.
Sí, el amor, la medicina que nos libera del laberinto de la
soledad.
Les presento a continuación un archivo de las obras
completas de Ramos Sucre, invitándoles a
conocer su bella obra literaria, y la profundidad de los problemas humanos que
esconde su poesía.