jueves, 2 de mayo de 2013

Cuentos: La tragedia de Aquiles



Era de mañana, finales de enero de 1965, cuando Aquiles, el colérico, apareció entre las manillas negras de la ventana. Justo cuando el sol, decidido, sacudía su melena de concha  de naranja. Primero asomó su cabeza, entre sabanas de letras y pulpa de madera laminada; acto seguido, avanzó con sus pies ligeros, dibujando a su paso las ondas electro-magnéticas que acusaban su exilio de la página. A su lado, una bandada de grumos de polvo, como chispeantes relámpagos, ensayaba unos gorjeos que a él le parecían ya un canto, o un poema suelto, o la trova revivida de un antiguo bardo. Desde la altura divisó la fila de personajes, antiguos compañeros de armas, que decoraban la portada plastificada del manoseado tomo de edición rústica. 





Afuera, más allá del cristal, la estela azulina del éter, majestuoso e infinito, simulaba una fluorescente alfombra mahometana. Una frescura de azules y verdes, una frescura de eucalipto y hierbabuena, le invitaba a la calma de la porcelana taoísta, al pensar primitivo de un vencido dios babilónico, a una especie de monólogo socrático consigo mismo. En definitiva, a la libertad.

La mañana en el plateado recinto, también para el asendereado Aquiles, avanza lenta pero inexorable, al ritmo cadencioso de puntuales paradas urbanas. Siente el impulso de atajar en un puño la gracia de este minuto de la aurora, de no mirar hacía el carril de farragosas líneas que conminan su insensata bohemia, de permanecer así, ausente del texto, subversivo de lo útil, burlando la urgencia de la trama, contemplando el arco iris de sus  deseos más primarios, bebiendo yogurt y jalea real en su paraíso de diminutos insectos y motitas danzarinas. 

Pero observa, no sin desilusión, como el sol ya madura su centro, desvistiendo a la marea celeste de su pacifica molicie, amenazando el nirvana que le produce el saber que todavía es temprano, que aún es posible entretenerse con sus callados caprichos de héroe griego. 

Luego, unas estrofas de tiempo más allá, vendrá un después de autoritaria realidad ficcional, en un no sabe cual capítulo o trozo del épico verso, obligándolo a asir de nuevo, quizás, fatalmente, por eternidad de eternidades, su airada lanza ática, la maldición de vencer siempre al ególatra de Héctor, de enfrentarse tantas veces con el viejo verde de Agamenon, de gimotear por el sospechoso Patroclo, niño mimoso y edípico. 

Y volver a morir por el talón, y volver a resucitar en las primeras frases del canto, condenado por Homero a esta eterna juventud de Peter Pan, a la práctica inveterada del bodybuilding bélico.

El rostro apolíneo de Aquiles mostró entonces un adolorido arrobamiento, iba sin duda 


perdiendo vuelo, descendiendo de una a otra dimensión, hasta recluirse, estático, en la cárcel del libro. En ese preciso momento, yo, Alonso Quijano, levanté los ojos más allá del rútilo espejeante del cristal, sí, ciertamente, estaba en la guagua 015,  última parada: El Cabildo. Había llegado ya a mi destino y aunque al subir por la calle Castillo  me di cuenta que todo había terminado, aún me encontraba un poco aturdido cuando llegue a mi oficina en el número 14 de la Biblioteca de El Toscal.


Horas más tarde, aprisionado entre los cansados estantes de la Sala de Humanidades, un tapiz de sombras se posó sobre el cuaderno de inventario, al compás de la tarea tantas veces repetida por meses y años, quizás siglos. Desde las rejas ennegrecidas que me separaban del jardín central, comprendí entonces la tragedia de Aquiles.

@MarceloMartín

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