jueves, 17 de julio de 2014

Virgen del Carmen: La promesa de salir antes del purgatorio


Ayer fue la fiesta de la Virgen del Carmen. Recuerdo que cuando estuve en Alemania, específicamente en la católica Baviera, me extrañó no encontrar esta imagen de María en las iglesias que visité. En cambio tanto en España como en Iberoamérica, la presencia de la Madre del Carmelo es bastante frecuente, en muchos casos, sobre todo en las iglesias más antiguas, ocupando un sitial de honor, en un altar lateral a la nave principal del templo.

Me parece que no exagero al afirmar que la devoción a la Virgen del Carmen es un distintivo de nuestro catolicismo hispanoamericano. De hecho el nombre de Carmen es uno de los más populares entre las mujeres hispanas de las dos orillas.

La advocación del Carmelo está indisolublemente unida al Escapulario del Carmen, un sacramental que recuerda el habito de los carmelitas. Según la promesa, cuyos orígenes se remontan al medioevo, los que visten dignamente la librea mariana y cumplen ciertas condiciones: morir en estado de gracia, orar por las intenciones del Santo Padre y cumplir con sus deberes de estado, son librados del fuego del purgatorio al sábado siguiente a su muerte. Es lo que se conoce como el privilegio sabatino.

Hoy día se habla muy poco del purgatorio, que según la escatología católica es el estado de aquellas personas que habiendo muerto en amistad con el Señor necesitan purificarse del reato de culpa, es decir de las consecuencias o huellas que el hábito del pecado ha dejado en ellas. La culpa es perdonada en el sacramento de la reconciliación, porque Dios cuando perdona, perdona de verdad y totalmente, pero puede quedar en el corazón un lastre de egoísmo que necesita ser purificado en el fuego del amor, es decir, el purgatorio.

Es tremenda la santidad del Dios vivo, un fuego devorador.

La oración que hace la Iglesia por los difuntos es, precisamente, para ayudarles en ese transito temporal del purgatorio y que nuestros hermanos logren participar plenamente de la dicha inmensa del cielo.

Lo tengo claro: orar por nuestros hermanos difuntos es un acto precioso de caridad, y una participación de las riquezas de misericordia y gracia que brotan de la obra salvadora de Jesús, por cuya sangre hemos sido redimidos.

Todo nos ha venido por Cristo Jesús, plenitud del que lo llena todo en todos. Por Él y en Él estamos en comunión de amor los unos con los otros, en la unidad del único Cuerpo de Cristo.

Por eso decimos en el credo: Creo en la comunión de los santos.

La enseñanza sobre el purgatorio está basada en la Biblia, leída e interpretada a la luz del magisterio y la tradición eclesial. Otros hacen sus propias interpretaciones de las verdades de la Biblia. Los respetamos. En todo caso, si alguno está interesado en abordar este tema en clave apologética puede consultar, por ejemplo, este enlace: Doctrina del purgatorio

Desde nuestra mentalidad contemporánea podemos preguntarnos si toda esta historia del privilegio sabatino tiene sentido. Más allá de que aceptemos o no las promesas que nos ha transmitido la tradición medieval, y que no estamos obligados a creer por tratarse de revelaciones privadas, pienso que si vivimos seriamente nuestra consagración a Jesús por María, de la cual el Santo Escapulario es un signo, si intentamos ser fieles al Evangelio y seguir la voluntad de Dios en nuestra vida ¿no cabe esperar que experimentemos el auxilio de Nuestra Señora en el difícil transito de la muerte e incluso en el purgatorio?

A mi no me cabe duda, ¡la Madre de Dios es tan buena!, así se lo pedimos repetidamente a lo largo de nuestra vida cada vez que rezamos el Avemaría: que nos auxilie ahora y en "la hora de nuestra muerte" Amén.

Generaciones de generaciones de cristianos así lo han creído. Que ella, la Virgen del Carmen, nos ayude a estar bien preparados, con suficiente aceite en la alcuza de nuestras lamparas, para cuando el Esposo venga a nuestro encuentro.

@elblogdemarcelo

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