domingo, 21 de junio de 2015

¿Qué significa tener éxito? Dos visiones contrapuestas




“Cristo murió por todos,
para que los que viven ya no vivan para sí,
sino para el que murió y resucitó por ellos.”
(2Cor 5, 15)

Oficialmente, comienza el verano. Hoy, el día más largo del año, el sol prolonga sus rayos hasta besar los límites de la noche.

Junio es mes de orlas y graduaciones, en medio del corre-corre de las fotos, las felicitaciones, los discursos, las frases más socorridas giran en torno al deseo que manifestamos de que los graduandos puedan cumplir sus metas, auto-realizarse, alcanzar sus sueños, etc. y, de paso, faltaría más, que sean muy felices en el intento.

Cada vez que las escucho pienso en la aparente “inocencia” de las cosas que decimos. Estas formulas estereotipadas presuponen que la razón de nuestra existencia radica en el logro de nuestros sueños y deseos, realizarnos, triunfar,…

Existe toda una literatura que justifica esta mentalidad y ofrece fórmulas para que vayamos avanzando en este propósito. De vez en cuando surge algún gurú que promete tener el método definitivo, la piedra filosofal, para que la gente cumpla sus sueños y aparecen libros sobre el tema que se convierten en bestsellers; porque quien más, quien menos, todos queremos que se haga realidad lo que nos enseñaron que había que buscar por sobre todas las cosas: el éxito.

Aclaro en seguida que no tengo nada en contra de esta literatura, y que incluso muchos de estos libros tienen propuestas muy interesantes para crecer emocionalmente, hacerse un plan serio de vida, superar situaciones difíciles, etc.

Lo que subrayo es el mensaje de fondo que prevalece en estos libros: ¡viva usted para sí mismo!, ¡sea un hombre, o una mujer, de éxito!

Para alguien que no sea creyente, todo esto puede estar muy bien. Pero digámoslo de una vez: vivir para si mismo, concentrarse en lograr sueños y realizarse, etc. no puede ser el centro de gravedad de un cristiano.

A veces he visto, con verdadero estupor, como esta concepción se ha infiltrado incluso en ambientes cristianos. Son esas predicaciones que prometen prosperidad, o que apelan al pensamiento positivo, o a otras tradiciones espirituales que nos han venido de la mano de la nueva era.

Pero la fe en Jesús es otra cosa. Es seguimiento y entrega de la propia vida. El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda la vida por él, y por el evangelio, la encontrará (Mc. 8, 35)

Busquemos la razón de nuestra existencia en la Palabra de Dios. Ella es lámpara para nuestros pasos y luz en el sendero (Sal 118), ella nos revela el misterio mismo de nuestra existencia.

Guiados por la Palabra descubrimos que Dios nos conocía desde la eternidad infinita de su amor, "con amor eterno te he amado" (Jr. 31, 3), que nos ha creado con un propósito bien concreto: que compartiéramos con él la felicidad del cielo, que fuéramos santos e irreprensibles delante de él por el amor (Ef. 1, 4 y ss).

Destinados a ser santos, a participar de la gloria bendita de Jesucristo (Col. 1, 12), no estamos en este mundo por casualidad, el tiempo y las circunstancias de nuestras vidas han sido pensadas por Dios para que se cumpla en nosotros su propósito (Jer. 1, 5).

La Biblia nos muestra que a cada hombre Dios confía un papel en el plan de salvación que tiene con la humanidad (Rom. 8, 28-30). Abraham, Moisés, David, los profetas, la Virgen María, los apóstoles, son nuestro ejemplo, a todos ellos los escogió el Señor. En un momento dado de sus vidas le dijeron sí a Dios, aceptaron libremente el designio que tenía con ellos, y se entregaron generosamente a la misión que les encomendó (Ef. 2, 10).

Lo que ha sucedido en ellos, acontece hoy en nosotros. Igual que llamó a Pedro, Santiago y Juan, nos llama a ti y a mi. Por nuestro propio nombre (Jn. 10, 3)

Para que podamos cumplir nuestra misión se nos conceden una serie de dones o carismas (1Cor 12). Según la parábola de los talentos hemos de salir de nosotros mismos, arriesgarnos, y hacer que esos regalos fructifiquen y se multipliquen (Mt. 25, 14-30).

Lo que la Palabra de Dios revela en definitiva es que tenemos una misión en este mundo, y ello a lo mejor incluye formar un hogar, educar unos hijos, dedicarse a la enseñanza, o a la investigación médica, ser misionero, o practicar deporte de élite. Lo que hagamos, en realidad, es lo de menos, lo importante es ser fiel a la tarea que Dios nos ha encomendado.

Habría tantas cosas que decir sobre este tema, porque está tan grabado en nosotros eso de realizarnos y de tener éxito, que lo racionalizamos de mil maneras. Pero hemos de dejarnos transformar por la renovación de nuestra mente, para que sepamos discernir lo que Dios quiere de nosotros, lo bueno, lo que a él le agrada, lo perfecto (Rom. 12, 2)

Mi deseo para los jóvenes es que vayan descubriendo en sus vidas el designio de amor que Dios tiene con ellos, la misión que a cada uno se le concedió, y que se entreguen a ella libremente, con un corazón generoso, creciendo día a día, comprometiéndose, poniendo al servicio de los otros los dones y talentos que se les han confiado (1Pe 4, 10)

Estudiando, trabajando, luchando, conquistando la vida eterna a la cual han sido llamados (1Tim 6, 12). Viviendo el mandamiento nuevo del amor, sea cual sea su vocación en esta vida.

Que se realice en cada uno el sueño que Dios tenía con ellos cuando los llamó a la vida, y les regaló la existencia. Ese es el verdadero éxito de un cristiano.


@elblogdemarcelo

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