martes, 11 de agosto de 2015

ÁRBOL DEL MUNDO


Árbol del mundo que abrazas entre tus bíceps el respiro del suelo, el alivio de la sombra, el color que murmura mi ser adánico, me convocas: ¡vuelve al génesis!, al seno materno que un día te vio nadar en el oleaje de las proteínas y las vetas danzarinas del carbono vegetal.

Soy un resplandor del verde, que baila a mi lado con alegría, soy ese abrazo paternal, broncíneo, en el estruendo del viento que sacude tu entereza, tu larvado cuerpo, los entresijos de tus poros, tarros de miel por donde mana el ungüento de mí nombre.

Fui engendrado en ti hace milenios, en ese laboratorio donde un rayo de sol se convierte en una sabrosa papaya, en la mística viviente de tu alma vegetal, hospedando ecosistemas, recombinando polvo de estrellas, despedazando fotones de luz, trastocando el orden azaroso de las tierras que pisas con tus zapatos de gigante.

Yo soy el fluir de auroras convertidas en movimiento y pulso, un rastro inerme que camina, hermano de esa madera que ocupará el sitial de algún banco donde jóvenes enamorados pensarán sus cosas, velarán hasta el amanecer y el viento de la noche nos traerá el llanto de un bebé.

La enajenación del aroma, los perfumes, los adorados jardines de oxígeno y luz, en cómodas cuotas de vejez y actos repetidos, en una sensible unidad de respiro, conjurando el tedio, la mano cruel del tiempo que se posa sobre mi cogote, y que me va convirtiendo en humus, en la soledad y en la tiniebla de un charco de petróleo.

Retorno contigo al tío vivo de la vida, seducido en la noria de tu copa sorpresiva, asalto una rama, en el frescor de un misterioso cruce de tus piernas. 

Tú me andas respirando en esta noche de verano, anclándome a la tierra, me exploras en los períodos y las eras geológicas, cuando bajo tus pechos una pareja de dinosaurios intercambiaban cromos o una dirección de correo electrónico, o unos pitecántropos desaliñados dibujaban un alfabeto y enterraban a sus muertos en unas vasijas de barro, que unos hombres con gafas descubrirán una tarde de primavera.

Soy el tiempo que habla, que habita y piensa las cosas, perplejidad pura.

Soy el superhéroe que una vez creyó ser, pero no fue, no lo fue nunca, y ahora, entiende, no lo será, sino, simplemente,  este puro ir queriendo ser toda la vida.

Con la fe a cuestas, persisto en el acto de mirarme en el espejo de mi Creador, un reflejo del cordón que me ató al momento amniótico, cuando mis células siguieron, obedientes, las instrucciones programadas de mi código genético, dibujadas en una espiral doble de carbonos y aminoácidos.

Descubro que cada hoja está contada en el ábaco de Dios.


Yo me entreno cada día en este mirar absoluto.

@elblogdemarcelo

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada