jueves, 6 de agosto de 2015

Una mujer llamada Ana


En diciembre de 1989 viajé a Tucupido, Estado Guárico, en la región de los llanos de Venezuela. Allí conocí a una mujer que se dedicaba al oficio de planchar, conversando con ella sentí en sus ojos, en sus palabras, la bofetada de la doble explotación, por ser pobre y por ser mujer, que padecen tantas mujeres de los sectores populares venezolanos y latinoamericanos. Al llegar a Caracas escribí este pequeño cuento donde cambié algunas cosas para salvaguardar la identidad de las personas, el mismo ha permanecido entre mis papeles hasta el día de hoy cuando, por fin, he decidido compartirlo a través de mi blog. Este es, en síntesis, el origen de mi historia.

Dedicado a Balbina Martín

Ana González, frente y pómulos de india, color aceitunado, unas arrugas que al reírse se dilatan triangulares sobre el bozo, y una  mirada taciturna, destellando tristezas, el paso antiguo de las lágrimas. Hoy, perdida en un estacionario cincuenta y pico de años, una vejez precoz cuelga de su cuello, baja por la nervadura de sus manos, se anticipa en sus pasos lentos, arrastrando años en el ¡zas!, ¡zas! de su menguada figura.

Corre el año treinta y seis, allá en la espesura verde del monte, los llorosos matorrales  chorrean el agua de mayo. En un tembleque rancho campesino, Lucia González dilata su carne manumisa, mordiendo una sábana, puja, puja,...  sus piernas, sudorosas, se aferran a Petra,  la comadrona más resabiada del Guárico oriental, mientras Juana, hermana de la parturienta, tiene lista ya la ponchera con agua limpia de la toma. Ya viene, ya viene, la cabecita se asoma, puja, puja, mujer,... “Misia, ¡es una niña!” Y en el oscuro cuarto, un llanto cruzó desgarrador los pajonales, mientras el crepitar de las velas de cebo se avivó de pronto, engrandeciendo las luces y las sombras de las cuatro mujeres...

Y ahora, cuando se arrecuesta pensativa frente al fogón de leña de la  cocina, recuerda el olor tempranero del guiso, las pardas manos de mamá dando vueltas y más vueltas a la bola de harina pan, agua tibia primero, y luego harina, y luego agua otra vez. Clareando el alba, en los zapatos de pita ocre, lona negra, que dejan escapar sus deditos menudos y chocones, toma la desvencijada cava de anime, los picantes, y pizpireta, con sus siete años mohínos en la mirada, camina, camina,… ¡zas!, ¡zas!,… a vender las empanadas. "Lleve la empanada, a real, de carne, queso y cazón...", vocifera instalada a las puertas de la bodega. Enciende un cigarrillo, mientras se rasca un codo vienen a su mente los olores húmedos de aquellos hombres, y ella allí, siente miedo, su mirada choca con las correas, tiene que alzar la cabeza para verles las caras, los ve enormes, inmensos, “...¡empanada!, ¡empanada!,...”, de pronto se acuerda, colilla mortecina entre sus dedos, que cuando estiraba la cabeza, ¿siete añitos?, ¿ocho?...se figuraba que uno de esos burdos señores podía ser su papá. Sí, ¿y por qué no, pues?,... de nuevo, un olor a bosta de vaca, a barro, a mala palabra, se mezcla marginal a sus recuerdos.  

Luego vino él, ¡ah, sí...!, y acomodándose la falda vierte un poco de café en el descascarado cazo de peltre, al fondo, en el patio, escucha la voz de Vicentico, su nieto. Se acerca varonil, se acerca,...y aquella sensación que subía por su estomago, antesala temblorosa, virginidad de sus dieciséis años, abierta,… y la voz de mamá, "esta muchachita está enamorada...",… Sí, amor alborotado, Pedro Manuel de viernes en la noche a domingo en la mañana,...el resto, allá en Anzoátegui, operario de la compañía, y no sabe por qué cada vez que decía "compañía", un balancín negro y chirrioso se le venía a la mente. Sí, su tufillo a colonia “Pino Silvestre”,... aquel rancho a las afueras de Tucupido,...y el atraso de la regla,..¡ay, bendito! ...Sí, la barriga, "te vienes a vivir conmigo, el ranchito de Tucupido lo están alquilando...", dijo él aquella tarde cuando supo la noticia.

Mirada de mamá, primero acusadora, “¡te dije que te cuidaras!” luego mansa,… mansa,… de mujer a mujer.

Bebiendo el sorbo de café, mientras oye corretear a Vicentico descalzo por el patio trasero, se da cuenta de la hora, Dios mío, piensa, ya van a ser las ocho. Saliendo de su ensimismamiento, se ajusta de nuevo la falda, tiene que ponerse a planchar, esta tarde hay que llevar la ropa. Saca la mesa, enfundada en unas sábanas viejas, la plancha,  la cesta de mimbre con la ropa de la señora López, empieza a alisar las camisas, las mangas, el cuello,...y el remolino de pensamientos regresa inclinado, acogotado, en la extensión de sus manos agiles con el planchado, qué bueno que Pedro y Teresa están en casa, piensa a través de un largo suspiro,...y la imagen de su hijo en la universidad le arranca una sonrisa,… sí, Pedro González, su hijo de adolescente, cómo se parece a Pedro Manuel, los mismos ojos filosos, la misma voz melancólica, las manos y los dedos gruesos...Aquellas noches, ¡Dios!, repetidas en su mente tantas veces, ella en aquel catre durmiendo sola,...pasa una semana, y otra, y otra,...¡Pedro Manuel no regresa!, ¡Pedro Manuel no viene!...y aquella historia, que escuchó en la bodega, a donde fue en la tarde, pidiendo fiado leche y arroz, "usted sabe, señor, es para el tetero del niño,¡qué Pedro Manuel está viviendo en Clarines con Josefina Pérez, una muchachita oriental que lo tiene enamorao!,… Pero, pero ¿está seguro?,... ¿cuándo lo vio?,...". Ya en casa, una cruel sensación de abandono, de pasmosa soledad, inunda la estancia única del rancho. Allí, en la cama, Pedrito, con un gorjeo de hambre en la garganta...la espolea por dentro, tiene que levantarse, tiene que seguir.

En medio de este telar de pensamientos que va desgranando en la rueca de la plancha, unos pasos en el corredor la devuelven súbitamente a la cocina. Era Rafael, el compañero de estudios de su hijo, saludando con ese tonito presuntuoso de los caraqueños.

- Mihijo, ¿cómo dormiste?, no quería despertarles, déjame mandar a Pedro a la bodega para que compre queso y montamos unas arepitas para el desayuno

Ana, colocando a un lado, junto a la pared, la mesa de planchar, afanosa con sus arepas, ralla el queso, prepara unos jugos de naranja, mientras enciende otro cigarrillo. El budare negrito, su viejo compañero, su más perseverante compañero. No, no como esos hombres, Pedro Manuel, y el otro, Nectario, el papá de Teresa, que viendo ya el inexorable paso de los años, marcado en las arrugas triangulares del bozo, hace cuatro años que también se marchó,...Ahora con José Javier, es distinto, claro, ella no está enamorada, no, ya está vieja para esos cuentos,… no quiere estar sola, eso es todo… seguro que un día también se cansa, y se va, como todos,… por eso ama su budare requemado, el siempre está ahí, y su plancha, y su fogón, viejos camaradas, y así sigue ella, arañando la compañía adusta de las cosas,… Ya está, listo, y pasándose las manos por la falda, se asoma al patio, anunciando:

- Vengan y desayunen, muchachos.


El hijo y su amigo la siguen por el corredor, devoran veloces sus arepas con queso rallado, el jugo, mientras conversan de "sus cosas". Ana, de pie, los observa en silencio, escuchando con franca curiosidad el diálogo vivaz de los jóvenes, asomándose discreta a ese ajeno y prestigioso mundo de su hijo, ¡ah!,   ¡la universidad!... Nombres desconocidos, profesores, historias graciosas de exámenes y clases, compañeros comunes,... Ella nunca pudo estudiar, piensa, a ella le fueron vedados esos placeres, su saber es otro, el de la lucha cotidiana, eso también, le parece, es una ciencia, y de la buena.

Inmediatamente los muchachos se marchan, Teresa y el nieto, Vicentico, se van con ellos. José Javier debe estar acostado, se lo imagina, con la gaceta de caballos, haciendo las semanales maquinaciones para el frustrante cuadrito hípico de cada domingo. Vuelve de nuevo a la plancha, sí, ¡las diez!, el día se le viene encima. Enciende la radio, una emisora local, una compañía, una bulla en el trasfondo de la existencia que se le ha caído también encima, inexorable, agobiante...Y con la música, Ana distrae la soledad del planchado,...poco a poco la montaña de ropa de los López comienza a bajar,...pasada una hora y media, un dolorcito caliente le sube por la  espalda, se sienta y decide buscar a José Javier,...llega al cuarto, ¡se ha marchado!, debe estar en el taller,  algo le había dicho de un trabajito extra que tenía hoy donde el italiano. Regresa a la cocina, la radio disimula la soledad del día, las palabras ausentes. Decide planchar una pieza más y preparar el almuerzo.

Una olla de arroz, unos frijolitos y unas tajadas, eso es todo, termina de cocinar y piensa que, aunque tiene hambre, es mejor esperar un poco a ver si llega José Javier. Sí, es triste comer sola, muy triste, ella lo ha hecho muchas veces, sí, pero hoy, definitivamente, no quiere, y se sacude las manos sobre el delantal. Se sienta en la silla del patio, a ver cuando llega este bendito hombre, piensa medio adormitada.

Nada que viene, regresa a la cocina, mira el reloj, ¡las tres de la tarde!,   casi no le queda tiempo. Decide entonces comer más tarde, total, el hambre se le ha pasado...Y vuelve a la plancha, a lo de siempre, a andar corriendo y corriendo, sin pensar...qué más da, pensar mucho no es ni bueno, es hasta mejor andar con la corredera, y así la vida se nos pasa ¡zas!, ¡zas! en un pispas. Además, ella tiene su radio, sí señor, es una distracción, lo malo son las propagandas...y la mente de Ana se sumerge en una especie de limbo, absorbida por las ondas sonoras de la emisora, olvidada de sí, de José Javier que no ha visto en todo el día, del cansancio...

Listo, tras una hora completica de planchado, ya puede llevar la ropa, bien dobladita, donde los López. Se mira entonces la blusa, no, definitivamente, no va a salir así a la calle, lo mejor será bañarse.  Al instante, llega al cuarto, busca un paño, una blusa, y se mete en la regadera,...el agua fría, fría para un cuerpo sometido a los calores del verano guariqueño, la refresca, chocando con sus senos, que ya comienzan a caerse, con sus muslos que ya no tienen la firmeza de antaño, con su barriga, ¡pero ella no tiene barriga!, ¡ja!, y mira, con vanidad, su estomago planito, aunque un tanto fofo. Se ríe entonces de sí misma, acordándose de una revista que vio el otro día por ahí: "Sea bella después de los cuarenta...", con la foto de una mujer blanca, de ojos claros, pelo castaño, dientes blanquísimos y sin arrugas en el bozo; no, para nada parecida a ella, color morenito claro, ojos negros, dientes amarillentos y pelo negro con una que otra canita,...pero, aún así, cincuentona y todo, todavía le echan su miradita, ella lo sabe.

Ya en la calle, siente sobre sus ojos los rayos del sol que comienza a descender irremisiblemente sobre las casas de Tucupido, claro si fuera en sentido contrario el sol le daría en la espalda, pero qué le vamos a hacer...Al fin, es aquí, la casa blanca y espaciosa de los López, toca el timbre, un impertinente perro, con complejo de portero, acude primerizo al "ring" "ring" de la puerta, tanto tiempo viniendo para acá, caramba, y no termina de conocerla el condenado animal este, entre tanto, aparece la señora López, mandando a callar inopinadamente al impertinente perrito:

- Ya, ya, Bandido, Bandido, cálmate, ¡pasa para adentro!

La señora López toma la ropa, la revisa, "uno, dos, tres, cuatro camisas, bien, los pantalones, el azul, la blusa de Robertico, bien… sí, claro, está todo, claro,...", y le da un montoncito de billetes enrollados, “¿trescientos bolos no?, sí, aquí están”. Ana responde con un escueto “gracias” y se guarda de inmediato la plata en el sostén.

El sol, rendido, se iba consumiendo a sí mismo en un anaranjado atardecer, como si un alfiler hubiera pinchado una mandarina en el cielo, Ana camina ahora más aliviada, sin ese sometimiento de los rayos en sus pupilas que la fustigó en la ida. Piensa en comprar algo en la bodega con los reales que aprieta en su seno, pero tiene hambre, y además todavía hay comida en la casa, mañana se puede hacer un mercadito. Distraída con la caminata, va saludando a los conocidos que va consiguiendo en el trayecto, con gestos cordiales pero escuetos. El cansancio del día la ha vuelto un tanto taciturna.

Abre la puerta estrecha de madera, ojalá ya estén aquí, piensa. En efecto, oye las voces de Pedro, Teresa y  Rafael al fondo del patio, el primero en acercarse es Vicentico, su nieto, " ...abuelita, abuelita,...", enseguida lo alza, lo sienta sobre su regazo, y un beso y otro, y otro, ...lo baja, tiene mucha hambre, se acerca al patio, saluda a los muchachos, se da cuenta que van a ser casi las siete de la noche...con razón tiene tanta hambre, llega a la cocina ¡Oh no!, ¡se comieron el arroz, los frijolitos, el plátano !, seguro que José Javier estuvo por aquí, y claro los muchachos llegaron con hambre,... pero nadie pensó en ella, ¡caray!, la misma historia, y se encoge de hombros, decide, con el hambre que tiene, prepararse algo rápido, una arepa o cualquier cosa, y no pensar,...sí, es hasta mejor, para que la vida se nos vaya ¡zas!, ¡zas!, sin darnos cuenta.

@elblogdemarcelo
           





7 comentarios:

  1. Marcelo, en primer lugar muchísimas gracias por la dedicatoria, ¡qué honor!. Intuyo el motivo. Hay que ver como me quedo siempre que leo tus relatos, como con una sensación de carencia..., de ¡qué pena!, que se acabó. Peltres, budares, friijoles,...olores, colores y sonidos que me transportan a un realismo casi mágico...Aquí hay bagaje... ¡Qué descripciones! ¡Qué imágenes!¡Precioso!

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    1. Muchas gracias, Balbina, esto es un puro ejercicio de recuperación de las memorias, un volver a las viejas palabras que se quedaron prendidas en ese lugar y en ese tiempo, palabras que regresan con la magia de la escritura. Te lo he dedicado, claro que lo intuyes, porque conozco tu gran sensibilidad al tema de las mujeres, y porque además quería darle a "Ana" una buena madrina,... Un abrazo

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  2. Pues me conmueve también tu sensibilidad. Qué hermoso lo de la madrina...Sigue recuperando palabras que yo con el google me entiendo bien...

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  3. Marcelo, tenía pendiente tu relato desde hace días y ya he podido con él Es el primero que leo y no me arrepiento, todo lo contrario . Me ha gustado bastante; me ha parecido muy gráfico (me he imaginado muy bien las escenas ) y me ha encantado tener que usar diccionario para algunas palabras. Seguiré rastreando en mi tiempo libre (cada vez menos con tanta cosa en la que se mete una. Ya me entiendes, porque un blog ocupa muchas horas). Un saludo afectuoso.

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    1. Muchas gracias, Ángeles, por visitar estos rincones, y por tu paciencia en leer este relato un pelín largo para el mundo virtual y con un montón de venezolanismos y palabras domingueras. Creo que hoy día me he simplificado un poco y escribo con un estilo más directo, para alivio de los que leen y de mi mismo. Gracias de nuevo y un saludo

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  4. Me hiciste transportar a los pueblos Venezolanos, que buen cuento y relato de Ana muy buen narrado y explicado. Al principio me remonte con aquel olor a café recién colado, al olor de las gramas, el trinar de los pájaros, al río que se escucha cercano. Pero me dio tristeza con las Anas que pueblan en mi país, que luchan incansablemente, pero que bien saben querer y amar. Te felicito amigo, y te pido por favor que continúes con la historia besos y abrazos,se te quiere. Dios te continué bendiciendo.

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    1. ¡Qué bonito, Irene! ¡Muchas gracias por pasearte por estas esquinas,... Sí, esa Venezuela con olor a campo, a vida, lleno de luz y de color, la tenemos grabada en el corazón, y es cierto, las "Anas" siguen ahí, como fuente de fortaleza, de lucha, de entrega, de solidaridad,...Un abrazo muy grande

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