lunes, 17 de agosto de 2015

Volver, volver a Borges,... una lectura circular


Estas noches del verano he vuelto a Borges.

Hay libros que una vez leídos no los vuelvo a retomar, quizás me han ofrecido una buena historia o he admirado el estilo literario del autor, pero hasta ahí, mi relación con ellos prácticamente muere en la última página. 

En el mejor de los casos en mi espíritu queda impreso por algún tiempo el eco de alguna escena memorable, o un final sorpresivo que me ha dejado knock-out, o el carácter de algún personaje que me ha resultado sugestivo. 

Con la cantidad de buenas obras que me quedan por leer, y lo escaso de mi tiempo disponible, ni siquiera me planteo releerlos. Estos son los libros, ya puestos, de los que me puedo desprender en cualquier arrebato de generosidad librera que me asalte.

En cambio hay otros libros, y autores, a los que nunca termino de leer del todo, a los cuales siempre estoy regresando, una y otra vez. Con ellos hago una lectura circular, los voy asimilando, lectura tras lectura. Los dejo a su aire por un tiempo, a veces incluso años, y de pronto una palabra, o un recuerdo, o una idea, me empuja a regresar a sus páginas, a zambullirme en sus cosmos narrativo. Puede que recomience en el último capítulo, y me marche de allí a una página del medio, o del principio, saltándome los enojosos prólogos y las notas de pie de página. Hay confianza.

Jorge Luis Borges pertenece a este  grupo.

Mis primeros escarceos con la narrativa del escritor argentino, rondando yo los 20 años, no fueron fáciles.  Su universo de palabras me resultó, francamente, oscuro, enrevesado, críptico. Llegué a pensar que se complacía en embaucarme haciéndome creer que ciertas fantasías suyas eran un ensayo sobre la muerte o sobre el tiempo.

Todo esto despertó en mí sentimientos encontrados: ¿se trataba acaso de un cínico que se burlaba secretamente de mí como lector?, ¿a qué venían esos juegos verbales que parecían ocultar la solución del problema planteado?, ¿y las alusiones a libros y pensadores, a hechos del pasado, no serían fruto de una disimulada pedantería?

Sin embargo, y a pesar de mis desencuentros con el autor, su lectura me atrapaba. Ese es el misterio de la buena literatura.

Resolver el acertijo que siempre esconden sus historias era todo un reto. Valía la pena volver dos páginas atrás y buscar el hilo conductor de lo que iba diciendo, no dejarse embaucar con sus falsas pistas, y ganarle la partida al argentino resolviendo el dilema de la cuestión.

Es como si Borges y yo jugásemos una partida de ajedrez.

El roce hace el cariño, dicen, perseverando en su lectura, identificando sus obsesiones, familiarizándome con su estilo, fui descubriendo el significado de sus metáforas, avanzando en la comprensión de sus escritos.

Aún hoy cuando vuelvo a sumergirme en sus historias, leídas y releídas tantas veces, vuelvo a sentir el mismo vértigo, la misma fascinación de las primeras veces. Sus elusivos juegos con el tiempo, el tema de la muerte, su manía con los espejos, la incógnita de los laberintos, los puñales que reaparecen 100 años más tarde y las calles del viejo Buenos Aires, todo eso ha llegado a formar parte de mi imaginario como lector.

Me he habituado ya a su estilo característico: un laconismo casi anglosajón, la precisión del lenguaje, el tono paródico, la fina ironía de las frases, los finales abiertos, paradójicos, que generan perplejidad, estupor.

Con frecuencia, al caer la noche, siento que necesito jugar una nueva partida con el argentino.

Dejo de lado otras lecturas,... y vuelvo, vuelvo a Borges.

@elblogdemarcelo

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