jueves, 29 de octubre de 2015

PASANDO REVISTA: El caso de Estefanía Mendoza


La sombra vespertina, una engreída pantera tras los adormilados estantes de horticultura y ciencias del agro, minutos antes, minutos después, se refugia a los pies de la bibliotecaria. Estefanía Mendoza, peinado tipo Cristóbal Colón, displicente mirada desde el espejeante mundo de unas gafas de alambre. Ahí, enfrente, a su derecha, los últimos usuarios de la sala, un desgarbado estudiante de medicina, apestoso a tabaco, y, para variar, Teresa, la profesora de sociales que vuelve a revisar, ¿será posible?, los deshilachados tomos de la sección D-5, estante 17 a la derecha, antropología; etnología; etnografía: estudios de caso: islas del Pacifico Oriental, 1927.

Ordena de nuevo el tocho de las fichas de préstamo, bien, las cuenta de nuevo, vale. Se levanta, observa de soslayo a los usuarios, reacomoda unas hojas sobre su escritorio, se sienta, mira el reloj. Sí, hay tiempo

A las ocho menos diez apaga las luces del fondo. Llegó la hora. Aquí vienen, primero el joven, sonrisita escueta, y nada más, suficiente; venga, ahora la investigadora, “gracias señorita Mendoza, mañana vuelvo, sí claro, ...vale, gracias”, recibe los libros, no hay ceremonia en ello, hay cansancio quizás, o tristeza, ¿tristeza?, sí, tristeza, eso es, para qué negarlo, desde que se le comunicó, ya va para un mes, la decisión de la Junta Directiva, el adelanto de su jubilación, su baja forzosa el próximo viernes 31, una disimulada melancolía le acogota el pecho al final de la tarde, aunque le humilla, vaya si no, reconocerlo. Vuelven las acicaladas palabras de la carta al retortero de su mente, “..., aprovechamos la ocasión para hacer un reconocimiento expreso de la encomiable y meritoria labor que durante los últimos 20 años ha desempeñado al frente de la Biblioteca...”, y de nuevo este penoso darse cuenta de que ella sobra, sencillamente sobra. Se levanta a cerrar las ventanas, corre las cortinas, eso le dio a entender subrepticiamente el doctor Aguiar, siempre tan circunspecto, pero no es tonta, risitas ahogadas abajo en el gañote, tosecita nerviosa, “esperamos que comprenda señorita Mendoza, el sistema tradicional de la biblioteca va a ser sustituido próximamente por uno nuevo en base a procedimientos informáticos automatizados que requieren un personal experto en dichos procesos técnicos, por lo que en compensación se ha decidido anticiparle la jubilación,...”.  Abre por rutina las gavetas, el volumen de inventarios, sí, aquí está; las fichas de control sobre el mostrador, perfecto; la vieja máquina de escribir “Underwood”, bien, eso es. Se levanta de nuevo, pasa las yemas de sus dedos sobre la madera de los archivos - por autor, materia, título -, “esperamos que comprenda,..”, “esperamos que comprenda,...”, qué se han creído los de la Junta, no, no comprende nada y está triste y está muriendo.

Sola, sí, sola, gira su cabeza y mira, que si la mesa, que si la papelera, que si la persiana, que si la silla, todo parece muerto, como ella misma ¿Sentarse?, no, no, sigue de pie, sus manos se entrecruzan por encima de la cintura púrpura de su falda de dos pliegues; camina sigilosa, ¿flota?, frente a estos amplios ventanales, salpicados de grumos, luz estrangulada, asfixia de sombra y polvo. 

Asfixia. 

Como todas las tardes, decide pasar revista a los estantes. Se da la vuelta, pasitos cortos, simulando el roce de la soga, la conducen a la otra ala de la estantería, ¿huye?, no quiere pensar, es todo, busca un lugar, se evade en la selva de los libros, en la espesura feraz de sus espíritus. Allí, estante 3, Homero canta la cólera de Aquiles, el fragor estentóreo de las lanzas troyanas; sí, por aquí está bien; Esquilo es apenas un rumor de lágrimas ante las cadenas de Prometeo, solloza, el corazón le palpita; ahora, sobre el techo, Eurípides proyecta los ayes de las Suplicantes, esas viudas que reclaman los cadáveres de sus hombres, caídos en desgraciada tierra extraña; busca la silla, sí, la silla, la rueda hasta situarla bajo la lámpara principal, no, todavía no, debe proseguir el recorrido; dos estantes más a la derecha, tramo 12, cantares de gesta, juglares y trovadores danzan cabe sí, el mago Merlín quiere el Santo Grial. Ella es, sin duda, la amada doncella de luenga cabellera bajo las garras de Guillermo El Conquistador, un vestido talar azul se arrastra entre el techo y la silla, sí, aquí está la fosa del castillo, unos esperpénticos dinosaurios se solazan, siente sus patas verdes y babosas detrás de la espalda. Se caen las gafas, tramo 14-6 ¿Escucha voces?, cada vez más cerca del techo, Alonso Quijano vela sus armas, es el caballero Don Quijote quien le habla, por la meseta castellana va ella, Estefanía del Toboso, esperándole en cualquier posada, en cualquier alquería, entre carreteros y crujientes molinos de vientos ¡Oh pero qué tenemos aquí!, Mefistófeles quiere convencer al anciano Fausto, sus ojos entornados la miran fija y arteramente, una carcajada traspasa las paredes de la sala, su cuerpo se va poniendo frío, su sangre desacelera el ritmo; Novalis la auxilia, él busca la rosa azul, ¿cómo ayudarle?, la noche en sus labios es un himno, casi una elegía; sí, ahora puede reconocerlo, es la misma voz de ultratumba que atormentó a Hamlet, ella también ha sido traicionada, ella sólo es un no to be, que se balancea, fofo,  sobre el aire, como una ligera y vacilante plumita; en el estante 7 la esperan los elegantes franceses, Madame Bovary, su compañera de intento, en la boca del estomago puede sentir la ponzoña; como a Julián Sorel, lo senderos, rojo y negro, se le entrecruzan y le acobardan el ánimo. El pánico lo puede sentir en el temblor compulsivo de sus manos lívidas. El borde mismo de la lámpara amarrada, que sirve de contrapeso, parece ceder, ¿no sucedió antes?; pero la luz viene de oriente, la santa Rusia pervive en el tramo 6-3, los senderos plateados de la estepa infinita, una isba, el staretz que la aguarda en la pustinia solitaria, en sus ojos toda la ternura del universo se condensa, San Petersburgo, Alioscha Karamazov suda su inocencia de siglos; son tan extraños estos olores humanos en torno suyo, ¿de dónde vienen estas voces?, un impulso repentino la empuja a los poetas, tres tramos a la izquierda, estante 9, Góngora, Lorca, Neruda, pero la aturde la marcha circular del tiempo, la continua repetición del último acto, la agonía del capítulo final que reitera al infinito el tedioso ciclo, regresa entonces a la silla, ella misma contempla su cuerpo que pende amoratado, en el rostro se congela el terror del postrer respiro, pero ¿por qué tuvo que caer la lámpara?, ¿por qué?, ¿por qué?, vuelve la repregunta inútil, mientras Rosaura, la enfermera, la conduce suavemente a la cama Nro. 33 del Hospital Psiquiátrico, donde reside desde hace un mes, cuando un fallido suicidio la sumerge en un crónico estado psicótico. Tímidas estrellas, tomadas de la mano, velan su sueño de narcóticas agujas. Mañana, cuando la engreída pantera de las sombras se refugie de nuevo a sus pies, Estefanía Mendoza, como todos los días desde su llegada a este hospital, revivirá su muerte, mientras pasa revista a los libros de su biblioteca. 

 @elblogdemarcelo

2 comentarios:

  1. Qué pena, Marce, triste final para esta tierna, aunque aparentemente desafectada, bibliotecaria. Sin embargo, si alguna vez existió, tú la has dignificado con lo que a ella probablemente más le gusta.

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    1. Muchas gracias, Balbina, hay muchos personajes en Estefanía Mendoza, ella es hija de esos oscuros salones de bibliotecas, horas en que historias y miradas que se cruzan y se adivinan entre si. Esa es la magia de la escritura creativa, que siempre muestra, ocultando, un atisbo de realidad. Un abrazo

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