sábado, 7 de noviembre de 2015

Doña Imelda Dóniz y la Sociedad de Santa Catalina


Un muelle mecerse en el sillón de mimbre, suelos de loseta escarlata, moteadita, bata de casa y la tarde que cae de sus labios maduros, pintones; luego sus ojos, fondo de botella, seven up efervescente, vagando por las cumbres o brochazos de azul, por ese cielo naranja o quizás verdoso, depende de las gafas. Enciende la televisión, maquinal zapping, publicidad de pañales, cotilleos del corazón, consejos de cocina, y de nuevo, pañales, jabones, noticias. Pulsa el botón rojo del mando. Asoma dulce un trozo de cabeza por entre los cristales, sí, constata, ya se encienden los faroles neoclásicos de la plaza, monísimos, ya se ven los grupos diseminándose por la avenida que bordea el puerto, aquella a la derecha debe ser Carmencita González, la hija de su primo, el director de la oficina bancaria, hay qué fijarse lo sueltita que anda esta niña últimamente, cómo se descuide Carmita…

Ocho menos cuarto, se escucha el taconeo acompasado sobre la acera, tic-toc, tic-toc, un aletear de mariposa sobre calles de sombra lilácea; El Pilar, nº 12, al lado de la Iglesia. Dentro del grupo de señoras de la Sociedad de Santa Catalina, congregadas en esta cálida noche de agosto, ella, doña Imelda Dóniz, viuda de Cabrera, goza de un merecido prestigio, no sólo por ser una de las pocas fundadoras que todavía sigue viva, o por la holgada renta que le dejara su finado esposo; sino, especialmente,  por esa prestancia moral, esa fuerza, esa seguridad que dimanan de su carácter, tan chic, tan queridísima, tan elegante. De pie en medio de las damas, se destaca su estampa un tanto estilizada, encantadora; la rectitud de sus maneras, suaves pero firmes, ponderadas; lo atinado de su juicio al intervenir dos o tres veces para aclarar algún punto o dar los avisos de la directiva; tan femenina, refinadísima cuando mueve las manos salpicadas de pecas, cuando abraza tierna su bolso de piel azul marino, cuando juega con su collar o se seca con un pañuelo lindo las gotitas de sudor sobre la doble arruga del bozo.

Pasa la mano por su peinado, un discreto modelado de peluquería, cabello de un desvaído castaño, con elegantes visos de plata, milagro del tinte y las delicadas manos de Yeray, su estilista. Se discute la fecha del bingo, “Pro-fondos Obras Sociales de la Fundación” , un leve inclinar de sus gafas, listo, será el 26, y no el 20, todas se acoplan gustosas; ahora el lugar, alzamiento mimoso de sus cejas, no, en el salón parroquial no, como quiere Jacinta; contrae su frente, modula su voz, eso es, será en el Salón de Recepciones del club de La Marina; ¿se contrata la orquesta?, pero, por favor, claro que sí, y alza levemente el tono de su voz; nuevas oposiciones de Julieta y Rosa, alegatos fracasados ante un puchero de la comisura de sus labios húmedos, finísimo carmín.

La voz de Hortensia, entre mofletes de naranja, anuncia los resultados, letra y número, ronda doceava del bingo, gira el globo con las bolitas, murmullos. Ahora una última intervención de la orquesta, suavísimo pasodoble, a continuación un ritmito más movido, algo latino, algunas parejas salen a bailar, hay risas cuchi rodando lindas por entre las mesas, decoradas con tafetanes color marfil. Todas guapísimas, Imelda querida, ese traje tipo sastre de Teresa es divino, qué bien le sienta, ¿está más delgada?, sí, jí-jí, sí, definitivamente, la dieta de la piña, aquí viene el camarero, ¡humm!, pastelitos con crema chantilly, gracias, sí, una Coca Cola, pero light, que sea light. Imelda se levanta, Laura y Nina, modosas en el andar, la siguen hasta el servicio, la puerta batiente, un cartelito con la silueta de una dama de la era victoriana, el ir y venir de las señoras a retocarse, ella se mira coqueta en el espejo y sonríe, guiña un ojo con picardía, castañuelas de risas monocordes, ji-ji, un estuche de colorete palo rosa emerge de una de las carteras, intercambio de pinceles,… sí, chicas, no hay que descuidarse, a lo mejor aparece para nosotras ese mocito, o no tan mocito, ...de nuevo risas apretadas en el gañote, toses, suspiritos, ¿peero qué dices, Imelda?,…un toque discreto de perfume, shss, shss,…En ese momento sale de uno de los cubículos del baño Doña Enriqueta Cabrera, intercambio de miradas en el espejo, envaramiento del bolso de terciopelo, un pañuelito entre los dedos achorizados, ajuste de gafas que buscan el batir de la puerta. Afuera da comienzo la última ronda del bingo, ¡Josefinita!, tanto tiempo, mujer, sí, sí, estas igualita, créeme, te acuerdas, ahhh, gracias,…ay, mi niña, las cosas que hay que oír, sí, es así, como te lo cuento, una de las nuestras, emperifollándose en el baño, con unos modos,…unos comentarios,…tu sabes,…buscando rollito, es qué no me lo puedo creer. La orquesta toca ahora una melodía de despedida, ¡qué lindo ha estado todo!, salen las damas acompasadas, comentarios que se prolongan en el parking, rodando indemnes por la rotonda que conduce a la autovía, ¡qué tarde tan bella!, sueñan todas, tan maravillosas en sus coches, una mirada fru-fru al espejo y sí, claro, nos vemos en la próxima reunión, muak, muak.

Suena el teléfono en casa de Rociíto,  ¿qué tal el bingo, mi niña?, no pude asistir, claro, mira, pero ayer decían, que una de las señoras, tú, por si acaso, no me creas, tuvo un comportamiento, ¡hum!,…inadecuado, que sí, que sí,…venga, venga, cuéntame que te han dicho, ¡ahh te lo contó Maribel!; Hoolaaa,…Marita, sí, te vi en el mercado de las flores que inauguraron este domingo, siempre encantadora, a punto para las fotos, no, yo en verdad no vi nada, pero Ruperta la del periódico a lo mejor sabe;  Rupe, encanto, no pasan los años para ti, querida mía, los chicos siguen en la Península, mira, rica, que bochornoso lo del sábado, sí, sí, querida, ya es comentario general, anoche me lo dijo Esther en la boda de la más pequeña de los Martínez, vaya, tanto años, te imaginas, manteniendo nuestra imagen, sí, los tiempos, son los tiempos, además,… ¿vas el domingo para la comunión de Enriquito?, será algo muy íntimo, familiar, y, además, con esto que ha ocurrido, no sabe una a quien invitar, vale, mi niña, venga, un abrazo, saludos a todos; Guaci, corazón, te he llamado al móvil, ¿ya te contaron?, vale, vale, nos vemos en la peluquería; Asun, mi niña, ¿te lo contó Rociíto?, no sabes lo que te perdiste, en el paseo por la Rambla  no se habló de otra cosa,  ¿vienes el sábado al juego de brigde?, sí, seguro, animadísimo; Isabel, ¿ el desfile de modas?, bien, todas impecables, como siempre, ahh,…ya te contaron, sí, cómo te lo diría, hay quien asegura, y yo lo sé de buena fuente, que varias damas, ¿entiendes?, varias, sí, ¡qué horror! se estuvieron insinuando a los hombres del bingo, sí, sí, se me suben los colores a mi también, vale, un beso, dale recuerdos a Rupe, vale, venga.

A finales de septiembre,  tras varios días de calima sofocante, soplaban por fin los alisios. El macizo de Anaga se pintaba azul sobre el horizonte. Un grupo de señoras a la salida de misa por el funeral de Encarna, Dios la tenga en gloria, se reúnen por fin en el piso de Imelda para el café y las galletas, inevitablemente el comentario se cuela entre manteles, Imelda, toda apertura de ojos, rebesa pensativa su labio superior, sí, chicas, de estas cosas tan lamentables es mejor callar, el comportamiento impropio de algunas compañeras desdice del buen nombre y los altos fines de nuestra amada Sociedad de Santa Catalina, y al caer, estentóreas, sus pulseras, un guiño de sol rutila dorado sobre las manos pecosas de Doña Imelda Dóniz.

@elblogdemarcelo
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3 comentarios:

  1. Me lo he bebido completo y lo he disfrutado que bueno está escribes genial!!!, escribes que atrapas totlamente, Felicidades!!!

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    1. Muchas gracias, Beatriz, en las boberías de estas señoras se me va el tiempo, jajajaj, un abrazo, mi poetisa de oro

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  2. ¡Fantástico relato! Sonreía mientras leía y me imaginaba a estas mujeres con la taza en la mano, el meñique estirado y mirando de reojo por encima del hombro.
    Me quedo como seguidora para ir disfrutando de cada una de tus entradas. Mi más sincera enhorabuena por tu talento.

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