jueves, 26 de mayo de 2016

El milagro de la vida


Un día, al amanecer, un hombre sembró una delicada semilla en un tiesto color ladrillo. El macetero era viejo, antaño había servido de cuna a muchas matas del patio, y aunque estaba manchado de moho y ya había perdido todo su lustre, cumplía con fidelidad su noble misión.

Era un tiesto de pocas palabras, la gente de por allí apenas reparaba en su existencia.

Al principio la semilla se dejo caer suavemente en la mullida tierra negra. Varios días de sol y agua fueron suficientes para que brotara la vida y comenzara a moverse y a respirar. Poco a poco surgió el tallo y unas pequeñas hojas de un juvenil verde claro. Una planta se asomaba, por fin, a la superficie, y podía ver y descubrir el mundo a su alrededor: el sol de la mañana, las estrellas de la noche, los pájaros que parloteaban entre los postes de la luz, el resplandor del cristal de la ventana, la caricia del viento.

Pocas semanas más tarde, el hombre, conocedor de los entresijos de su pequeño mundo vegetal, decidió que había llegado la hora de trasplantar a la que ya se había convertido en una pizpireta señorita, toda brazos, toda piernas, y que se agitaba, desgarbada, sobre las descascaradas orillas del tiesto. Su nuevo destino fue un soleado rincón del jardín de la plaza del pueblo, en torno a la cual jugaban los niños a la salida del colegio y los ancianos se sentaban y contaban historias.

Llegó mayo. Una tarde, el buen hombre, vio desde la ventana un ramillete de geranios, de un encendido rojo escarlata, que coronaban la cresta de la planta que había sembrado meses atrás.

El tiesto, que lo miraba todo desde la altura del balcón, a pesar de que tenía la vista cansada, logró ver también aquellas hermosos geranios encarnados. Se acordó entonces de la pequeña semilla que había crecido en su vientre. Y aunque en su larga vida ya había contemplado como muchas se convertían en plantas y se coronaban de flores y de frutos, se dijo admirado: ¿Quién iba a decir que llegaría tan lejos? ¿Cómo imaginar que de esa frágil semillita brotarían flores de tanta belleza?

Y un sentimiento de satisfacción y orgullo recorrió las paredes del viejo macetero.

Por un tiempo, quizás años, el tiesto se durmió. Eso fue cuando lo dejaron arrinconado junto a la caja de herramientas. Hasta que una feliz mañana, el hombre trajo una nueva semilla temblando entre sus nudosas manos, y la sembró, en medio de una palada de tierra negra, en su antiguo macetero color ladrillo.

Y vuelta a empezar, el milagro de la vida.

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