domingo, 18 de noviembre de 2012

Parábola del Tesoro Escondido



El domingo, el día del Señor, llega a su fin. 

Cuando veo morir la tarde, me doy cuenta que vivimos, nos movemos y existimos  no sólo en el tiempo astronómico marcado por los relojes, y la marcha de los días, las semanas, los meses, los años,... sino sobre todo en el tiempo de Dios, que es kairós, proyecto divino de salvación para cada uno de nosotros.

Es la gracia histórica de amor liberador, de revelación y misericordia, que Jesús anuncia, con gestos y palabras, como el REINO DE DIOS.

El Maestro lo compara con un tesoro escondido en un campo (Mt. 13,44). El que lo consigue recibe tanta alegría que vende todo lo que tiene a fin de adquirir el terreno donde halló tal riqueza.

¿Nos hemos encontrado con el tesoro que dice Jesús? Ese es el significado más profundo de los años que vivimos.

La gente anda preocupada por no envejecer, y algunos buscan prolongar lo más que pueden la juventud. Sin embargo, ser joven o ser viejo es muy relativo.

No es cuestión de cremas ni de botox.

Lo radicalmente importante, tengamos la edad que tengamos, es aceptar y vivir la oferta de amor y misericordia que Dios nos hace personalmente en su querido Hijo Jesucristo.

¡Qué no se nos vaya la vida en boberías, y dejemos de lado lo que verdaderamente importa!

Encontrarse con Jesús. Abrir la puerta al Señor (Apoc. 3,20). Así de claro. 

¡Siempre estamos a tiempo de vivir el kairós de Dios y de descubrir el Tesoro del REINO DE DIOS! 

...Paz para el turbado, esperanza para el desanimado, luz para el que anda en tinieblas, fortaleza para el débil, gozo para el triste, perdón para el culpable, libertad para el cautivo, consuelo para el afligido, salud para el que está enfermo, ....

Volver a nacer por el agua y el Espíritu Santo. Vivir las bienaventuranzas. Ser agregado a la comunidad de los que confiesan su nombre. Encontrar el sentido definitivo de la vida.

Hallar nuestra identidad más profunda: ser hijo de Dios por la fe en Jesucristo, hermano de los otros, templo vivo de su gloria por el Espíritu, enviado a anunciar la Buena Nueva, a construir un mundo nuevo de justicia y fraternidad.

En definitiva, sentirse amado o amada, personalmente, por Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Comparto este vídeo sobre la parábola del Tesoro Escondido, un excelente recurso para Clase de Religión y la catequesis.

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