En las primeras páginas de la Biblia vemos
al ser humano viviendo en comunión y armonía con las cosas creadas, en medio de
un hermoso jardín. Siempre he pensado que esta sencilla imagen esconde verdades
muy profundas de la condición humana.
Adán y todos sus hijos estamos ligados a todo lo
que respira y existe, somos hermanos del polvo mismo de la tierra, filogenéticamente descendemos de esa masa de materia y energía que después de millones de año dio origen al
milagro de la vida.
Nuestro laboratorio fue un jardín, de allí
venimos, y por él suspiramos muchas veces.
El pecado rompió esa koinonia de amor entre
nosotros y el resto de las criaturas. Surgieron civilizaciones que
transformaron radicalmente el paisaje, y a medida que hemos ido creciendo en
tecnología, y se han ido expandido las fuerzas productivas, nos fuimos separando
del contacto directo con la naturaleza.
Nuestro desarrollo científico-técnico es
impresionante, ¡qué duda cabe!, pero nos hemos convertido en las piezas desechables de un gran monstruo mecánico. Hemos cifrado el objetivo de la vida humana en la acumulación e
intercambio de bienes y servicios, y, paradójicamente, la mayoría de la
humanidad tiene que luchar cada día en una economía de subsistencia para lograr
siquiera el pan cotidiano.
En medio de los efectos demoledores de
esta sociedad que nos homogeneíza y cosifica, que nos reduce al papel de
consumidores, se infiltra la melancolía y el sin sentido del para qué todo este
proceso que nosotros mismos hemos desencadenado. Rumiamos nuestra soledad en estrechos edificios de apartamentos y vivimos el tiempo del trabajo como un
castigo. A veces distraemos nuestros dolores en los mundos virtuales que hemos
creado, una realidad ilusoria y la mayoría de las veces insustancial.
Recuerdo ahora, por ejemplo, mis estancias
en el norte de Europa, en países con un nivel de vida que ya quisieran muchos,
esos ambientes sombríos, de gentes solas, encerradas en sí mismas, con un
deje melancólico en el rostro.
En medio de nuestra deshumanización,
sentimos nostalgia por volver al jardín primero, por recuperar lo bello que hay
en nosotros.
La contemplación de la belleza del paisaje
despierta lo bello, lo bueno y lo verdadero que late en cada corazón humano.
Porque la belleza nos humaniza, nos ayuda
a recuperar los sentidos espirituales que tenemos francamente embotados.
Recuperar la sorpresa del primer Adán ante
la hermosura inicial de las cosas, tener ojos de niño y admirarse ante las
maravillas policromáticas del otoño, sumergiéndonos en el espectáculo de un
atardecer, sintiendo la hierba fresca deslizarse en nuestras manos, escuchando
el canto de los pájaros y el suave susurro del viento sobre las hojas del
árbol.
¿Ciencia y religión se excluyen
mutuamente? ¿Son enemigos irreconciliables? De vez en cuando me he tropezado,
en compañeros profesores e incluso en algunos alumnos despistados, con
objeciones del tipo:"es
que yo soy científico, sabes, a mi esto de la religión pues no me va,..." A
veces no digo nada, a veces respondo con alguna ironía del tipo:"Y claro, seguramente yo vivo
en el Medioevo, tío".
Este prejuicio en contra de la religión es
tan fuerte que por más que lo explique, y lo vuelva a explicar, y lo re-diga
por activa y por pasiva, reflorece todos los años en las mentes de los jóvenes.
Por cierto, ¡qué virus tan espantoso son los prejuicios de cualquier estirpe!
Los expulsas por la puerta y se te cuelan por la ventana. Claro, no tienen un
fundamento racional, no se atienen a razones ni a conceptos claros y distintos,
son míticos en sentido estricto, es decir, creencias generalizadas que no se
someten a la razón crítica y que terminan condicionando la valoración que
hacemos de los hechos.
Quiero declarar desde mi fe católica que
amo entrañablemente la ciencia y el conocimiento, que bendigo a Dios por la
biología molecular, la física, la geología, la química, que me declaro
devotísimo del método científico y del experimento, de las hipótesis y los
estudios estadísticos.
Y porque los católicos amamos la ciencia y
el conocimiento, porque sentimos con particular apremio la necesidad de
cultivar todas las ramas del saber humano, la Iglesia promueve la educación alrededor
del mundo, patrocina universidades, institutos de investigación, academias, y entre sus filas hay matemáticos, físicos, astrónomos,
lingüistas, historiadores, sociólogos, médicos, etc.
Asumimos este nuestro amor al conocimiento
y al quehacer de la inteligencia humana desde una mirada creyente, es decir, pensamos
que el orden causal, las determinaciones, que descubrimos en los fenómenos que
estudia la ciencia no son fruto del azar o de la mera casualidad, sino que responden a un propósito, tienen un sentido y un significado. Investigar
estepor quéprimero, indagar sobre las preguntas
últimas, es tarea de la filosofía y también de la teología.
Que conste que no necesito conocer cara a
cara a Leonardo Da Vinci, por ejemplo, para saber que alguien, se llame como se
llame, dibujó y pintó laMona
Lisa. Creer que este célebre cuadro se ha pintado solo, o por casualidad,
entre millones y millones de posibilidades que había en el universo, lo siento
pero atenta contra mi razón. Porque, además, basta mirar la pintura para darse
cuenta que la obra tiene unaintención,esa sonrisa tan enigmática, esos
colores, esa mirada,... No señor, nada es casual, detrás está la mano de una
inteligencia creadora.
A mí me asombra, lo digo como lo siento,
que haya gente que se plante frente a la maravillosa "pintura" de la
naturaleza, pensemos por ejemplo en la belleza helicoidal del ADN molecular, y
afirme que todo ha surgido por simple azar. Y que argumenten que cómo no han
conocido en vivo y en directo al "Leonardo Da Vinci" que pudiera
estar detrás, pues han llegado a la conclusión de que, sencillamente, no
existe.
No le falta razón al diablo cuando le
aconseja a su bisoño compañero, en el conocido libro de C. S. Lewis"Cartas del diablo a su
sobrino", que procure alejar a su paciente humano de todo tipo de
argumento o razonamiento que busque la verdad pura y dura de las cosas, esas
razones de peso que no se conforman con la jerga que está de moda.
En este debate ciencia-religión es bueno puntualizar que ni la
Biblia ni la Tradición cristiana (con T mayúscula, please) dan respuesta alguna
alcómose suceden los fenómenos, no son
manuales de ciencia ni son leídos o interpretados literalmente. Son textos
esencialmente religiosos, su clave hermenéutica es distinta, testimonian
verdades profundas que ha vivido, y celebrado, el pueblo de Dios a lo largo de
su caminar en la historia.
Nuestra fe en Dios se alimenta de nuestro amor
a la ciencia y al conocimiento, investigar y desentrañar los secretos del
cosmos suscita en nosotros sentimientos deadmiración
y de estupor.Tantas
maravillas, tanta belleza, tanta sabiduría. Lo que existe, lo que descubrimos
con nuestra inteligencia testifica la presencia del creador:"Porque lo invisible de Dios,
desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus
obras: su poder eterno y su divinidad,..."(Rom 1, 20)
Tengo en la memoria algunas críticas que
meses atrás algunos medios dirigieron al programa de Religión porque se
proponía como objetivo, entre otros, suscitar en el alumno sentimientos deadmiraciónante la maravilla de lo que
existe. A estos criticones de oficio les mandaría a leer los primeros párrafos
de laMetafísicade Aristóteles, allí el filosofo nos
habla de que es, precisamente, la admiración, la sorpresa frente a la novedad
cotidiana del amanecer, el origen de
todo conocimiento.
Sobre este tema tan debatido siempre me
queda la sensación de que no he dicho lo suficiente, así que volverá a
aparecer, ya lo verán, y diré más cosas, que no termino nunca de explicarme,
y ya saben algunos como casi siempre me pilla el timbre con la palabra en la
boca.
Celebremos está feliz amistad de la
ciencia y la religión, cada una, eso sí, con su autonomía, pero llamadas a
dialogar y a complementarse mutuamente.
Siendo un estudiante universitario leí la novela de Jack Kerouac, "En el camino", la historia de un joven de Nueva York
que emprende un viaje a través de Estados Unidos, transportándose casi siempre
a dedo, hasta alcanzar la ciudad de San Francisco ("Frisco" en el
argot juvenil del momento), el epicentro del movimiento hippie de los sesenta.
Entreverado con la historia, aparecen los amigos del protagonista, unos
personajes underground, inadaptados, que lo acompañan en su travesía, y que
comparten su búsqueda del sentido y del significado del camino.
Los temas se suceden en la novela con verdadero vértigo: el
amor libre, las drogas, el jazz, el budismo, la experiencia mística, Nietzsche,
Dios, la amistad, la libertad, el sentido y la experiencia de vivir. De fondo,
la metáfora del camino, que en sí mismo ya es parte del destino de cada
caminante.
"Ponerse en camino", traduce una actitud de
ruptura frente a las verdades cómodas, el espejismo de nuestras seguridades y
convencionalismos, nuestros viejos valores y creencias que, sinceramente,
aburren, y ni nos mueven ni nos ilusionan.
Hay una frase mágica que se repite en varios lugares del
relato, to be excited withthe life, "estar entusiasmado con
la vida", lo que significa estar "flipado" con la experiencia
alucinante de estar vivo y de respirar. Para mí, sin duda, el mejor testimonio
de Dios mismo, pues ¿qué mayor revelación de lo divino que sentirse vivo y
palpitando?
Jack Kerouac fue el autor emblemático de la llamada generation beat, la cual no es sólo un
modo de concebir la literatura, ligada al automatismo del lenguaje y a la escritura
como búsqueda espiritual. Los escritores “beat” representaron, además, la
experiencia de toda una generación que quiso rebelarse frente a las ataduras de
una sociedad de consumo, estereotipada, que idiotiza a sus nuevas generaciones con
sus mensajes/masajes que disfrazan sus injusticias e incoherencias.
Fue, básicamente, en los sesenta cuando los valores
tradicionales, entre ellos también los religiosos, se resquebrajaron. El
reclamo fue un modo de vida alternativo, en ruptura con lo establecido: el amor
libre, la experiencia con las drogas, el rock, la libertad frente a todo
autoritarismo, la vuelta a la naturaleza, la comuna, la búsqueda de lo
espiritual en las religiones orientales.
En medio de este reclamo por volver a la libertad primera
del hombre "natural", ¡qué anhelo tan acuciante por hallar un sentido,
por encontrar una raíz espiritual que centre la vida!
El movimiento juvenil de los hippies fue devorado, y
domesticado, por la voracidad del mercado capitalista, que convierte todo en
mercancía y fetiche de intercambio. Pasan las décadas, muchos de nuestros
jóvenes del siglo XXI, despolitizados, hipnotizados por la cultura instantánea
del ordenador y el móvil, atrapados en un hedonismo narcisista, entre los
libros de autoayuda y los reality shows,
dan la impresión de estar bien "adaptados" bajo el régimen de sus
mayores.
Cuando, por fin, bajan al planeta tierra, y dejan de soñar
en convertirse en "famosos" o en estrellas de fútbol, su anhelo más
humilde es llegar a conseguir un empleo que les permita vivir, o sobrevivir, decentemente.
De rebeldía, la mayoría, nada de nada.
En mis estudios de teología, un "saber" sobre Dios
en "diálogo" con los hombres, tuve como interlocutor a Jack Kerouac y
su historia. De hecho, en mi trabajo final sobre el tema de la revelación,
inserté un párrafo de la novela donde se habla de la certeza de Dios, por la
contemplación del misterio mismo de la existencia, aunque su demostración
racional nos resulte a algunos oscura o problemática.
Yo, que también vivo On
the road, estoy encontrando el sentido de mi viaje existencial en el profeta
Jesús de Nazaret, en quien he ido descubriendo al Hijo del Dios vivo, aquel que
buscaban sin saberlo los colgados de la novela.
El Dios de Jesús, un Padre bueno que ama la vida y que nos
convoca a “desinstalarnos”, a ponernos en camino hacia el San Francisco del
cielo, viviendo, a trancas y barrancas, el santo Evangelio e intentando
practicar, en lo prosaico de cada día, el mandamiento nuevo del amor fraterno.
Y es que, por distintas sendas, todos caminamos a San
Francisco, con flores en nuestra cabeza.
El pasado domingo me tropecé en El País con un artículo de
opinión de Juan Goytisolo, escritor, flamantemente titulado:“Fe y razón”.
Lo leí enseguida pues el tema me interesa sobremanera, me
figuraba una fina disquisición sobre un debate que ha marcado todo el
pensamiento occidental, desde los presocráticos hasta Heidegger, pasando por la
ilustración y toda la filosofía del siglo XIX.
¡Vaya desilusión! Lo que me encontré fue una diatriba panfletaria
en contra de la fe de los cristianos, plagada de prejuicios e inexactitudes, un
artículo dirigido claramente a ridiculizar a los creyentes, tratados aquí como
si fueran borregos que repiten y repiten verdades sin entenderlas.
No voy a señalar punto por punto los dislates que he
encontrado en el escrito, sencillamente estoy cansado de ésta mi vocación
tardía de apologeta, yo quisiera hacerme
el desentendido,… si yo iba para poeta y para hippy,… Pero esta vez voy a
responder, algo quedará de lo que diga.
Comienzo comentando que el estudio del origen del universo
es un problema científico y a la vez un tema religioso. La ciencia, con los métodos
que le son propios, indaga las causas y los procesos que han dado lugar al
surgimiento de la materia y de la vida, a su posterior desarrollo y a sus
transformaciones. Aquí la fe no tiene nada que decir, estamos en el campo de
las explicaciones científicas, fundadas en las evidencias y en los hechos.
Paralelamente, que no en contra, la religión, a la luz de la
razón y de sus propias tradiciones que llamamos revelación, reflexiona sobre el
principio y el para qué último de todo lo que existe, indaga si la existencia
del universo tiene algún sentido y significado.
En este tema hay muchos interrogantes abiertos.
La teoría científica del bing bang postula que hubo una
explosión primera como origen de todo. Pero esto no responde a todas las
preguntas porque para que ocurra un evento de esta naturaleza tiene que existir
previamente un “algo” capaz de explotar. Además, si todo ha sucedido
azarosamente, ¿cómo se explican el orden y la regularidad que predominan en el
universo?
Podemos renunciar, si les parece, a estas preguntas, o
darlas por incontestables. Pero es propio del ser humano inquirir sobre el
significado de lo que existe e ir más allá. La pregunta por el sentido está en
el corazón mismo del hecho religioso.
De todas maneras da la impresión de que el señor Goytisolo no
sabe diferenciar una explicación científica, sujeta a lo que los hechos
demuestran, de una explicación religiosa, que reflexiona sobre el sentido o significado
de lo que acontece. Yo ni siquiera espero al bachillerato, se las explico a mis
alumnos de 1º ESO en el primer trimestre, y créanme, a pesar de mis
deficiencias como profe, la mayoría logra comprenderlo.
Queda aclarado que no se está introduciendo el creacionismo
en las aulas como una forma de combatir el evolucionismo, tal y como maliciosamente
afirma el escrito. El evolucionismo, como cualquier otra teoría científica, no
contradice la fe en un Dios creador, la Biblia no es un manual de ciencias, no
nos dice cómo fueron las cosas, sino que utilizando un lenguaje en ocasiones
mítico comunica verdades muy profundas vividas por el pueblo de Dios desde sus orígenes.
Es cierto que en el cristianismo de tradición protestante ha
habido una corriente muy fuerte que ha opuesto el creacionismo a la teoría de
la evolución, pero el pensamiento católico ha ido por otros derroteros. Decir
que es un “esfuerzo desesperado” por combatir la evolución es falso y no se
corresponde ni con los contenidos ni con la visión de la asignatura de
religión.
Otro asunto que me interesa abordar es acerca de lo
irracional que le resulta a Goytisolo creer en ciertas historias del Antiguo
Testamento que a él le parecen francamente míticas e infantiles: la existencia
de Adán y Eva, el diluvio con su arca, etc. Dejando aparte que la lectura fundamentalista
de los textos bíblicos no es propia de la teología católica, más allá de la
verificación histórica de estos eventos, lo que interesa aquí es la
hermenéutica, es decir, la interpretación que hacemos de unos relatos del
Antiguo Testamento que contienen verdades muy profundas acerca del ser humano,
y de la eterna lucha entre el bien y el mal.
Desconoce, o parece desconocer, Goytisolo, los avances en el
campo de los estudios bíblicos, una disciplina que se cursa en universidades del mundo
entero, y que comprende, entre otras cosas, el estudio de los modernos métodos
exegéticos, el análisis histórico-crítico de las formas, los géneros literarios,
la historia crítica del antiguo Israel, los estudios culturales, literarios, arqueológicos,
etc.
No me extraña que ciertos relatos de la Escritura le
parezcan infantiles, claro, él se figura que leemos la Biblia como los
cuáqueros protestantes que llegaron a América en el "Mayflower".
Cita luego la famosa frase de Tertuliano (160-220 d.C.): “Creo porque es absurdo”, y la aplica
indiscriminadamente a todos los creyentes, incluyendo, para mi asombro, a la
pobre Santa Teresa de Jesús, una mujer abanderada de las letras y con un fino
sentido de lo real y de lo humano.
Olvida el escritor, o no dice, que el pensamiento cristiano
no se desarrolló a lo largo de la historia con base a la postura de Tertuliano,
que la reflexión sobre las relaciones entre fe y razón han ido por caminos muy
distintos de la mano, por nombrar a dos grandes, de san Agustín y de santo
Tomás.
La teología católica siempre ha buscado comprender a la luz
de la razón la fe que profesamos. En esta búsqueda ha dialogado
siempre con la filosofía y con la cultura, ha utilizado incluso sus conceptos y
su lenguaje, y lo hace, precisamente, porque piensa que es posible razonar los
contenidos de la fe cristiana. Me viene ahora a la cabeza, por ejemplo, una magnifica encíclica
de Juan Pablo II: “Fides et Ratio”(1998), le vendría bien a don Goytisolo
leerla, le vendría bien, para que conozca lo que piensa la Iglesia sobre este
importante tema, y que lo de Tertuliano no ha tenido mucha resonancia a lo
largo de la historia.
Por último, un clásico, el artículo presenta a los
cristianos repitiendo de carrerilla un credo que no entienden, por puro amor al
misterio. No, mire, qué pena, entiendo que en su esquema necesita presentarnos
así como gente aborregada y pacata, pero eso no es cierto, entre los creyentes
habrá de todo, por supuesto, pero me consta que la Iglesia procura explicar a
los fieles los contenidos de la fe, y eso desde los tiempos apostólicos.
En mi caso personal, yo no los repito por repetir, me los he
pensado muy seriamente, y como yo, muchos, más de los que imagina.
Esa imagen de los cristianos como gente simple que cree lo
que está mandado, y que no reflexiona sobre su fe, no se corresponde con la
realidad actual, es una caricatura muy al gusto de cierta crítica que se
difundió con la ilustración.
He escrito esto por los amigos creyentes que visitan este
blog, y no tanto por el autor del artículo que vivirá en el feliz reino de las
monadas leibnizianas. Estos intelectuales tienen su parnaso particular, una
especie de Olimpo desde el cual miran desdeñosamente al resto de los mortales,
rodeados de su corifeo de aduladores y entusiastas.
Seamos respetuosos, yo lo soy, con los no creyentes, pero
respondamos con la verdad a estos ataques contra la fe, máxime cuando
descubrimos que lo que afirman son disparates dichos con toda malicia para
ridiculizarnos.
Estamos, forzosamente, y como tantas veces a lo largo de la
historia, en un tiempo recio para la fe. No tengamos miedo, pidamos discernimiento y sabiduría, y testimoniemos la verdad.
@elblogdemarcelo
Como este es un blog muy animado, aquí le dedico a Don Goytisolo una chirigota de Los Defensores de Luis: "Cada vez que digo que yo soy creyente"
Durante el verano con frecuencia experimento cierto desorden en mis horas de sueño. Me despierto de madrugada, cierro los ojos, me levanto, me acuesto,.... y, luego, a media tarde, inopinadamente, estoy como zumbado, me quedo dormido por los rincones. En fin, así me va.
En esos ratos de vida noctambula, a veces, me da por pensar en la presencia de Dios.
Siempre, estemos conscientes de ello o no, estamos en la presencia de Dios. Tener delante de los ojos esta verdad es un acto de fe desnuda.
No sé si logro explicarme. Es una fe que no se apoya en lo que pueda sentir o experimentar, en lo que capto con mi inteligencia, en lo que imagino, Dios está presente, y no sé nada más.
Me sostiene, eso sí, lo que he vivido en mi historia, la experiencia de revelación/salvación que ha acontecido en mi vida. Esos momentos de gracia y misericordia en que he visto claramente en mi conciencia la verdad que supera toda verdad: Dios.
He experimentado, inmerecidamente, el amor gratuito que me ha creado y que es fuente de todo lo que existe. No sé puede pasar por el fuego, y luego decir que no te has quemado.
El asunto de Dios, aunque no es contrario a la razón, no se resuelve con conceptos y silogismos. Su forma de revelarse a los humanos es manifestando su salvación/amor en su historia, tanto a nivel personal como colectivo.
Siempre que Dios se revela a sí mismo, nos salva; y cuando nos salva, se revela.
Israel conoció a su Dios a través del acontecimiento histórico de la liberación de Egipto. No fue un consuelito para soportar las penas de la vida, como dice cierta crítica moderna, ni mucho menos, fue una experiencia tremenda de ruptura de las cadenas de la esclavitud, de conquista de la tierra y de su dignidad como un pueblo libre.
Del mismo modo, conocemos a Jesús Resucitado cuando su amor salvador se manifiesta en nuestra historia. El ciego, el leproso, Jairo, la viuda de Naím, ... el evangelio continuamente nos muestra lo que sucede en la vida de las personas que se encuentran con él, son sanadas y liberadas, y a través de la gracia que reciben, comienzan a reconocer la identidad del Mesías
Es imposible conocer a Jesucristo, y no sentirse salvado por él.
Luego vendrá la teología, los conceptos, las explicaciones, el diálogo con la razón y la cultura, pero lo primero es siempre la experiencia, el encuentro con Jesús que nos llama por nuestro nombre, y al llamarnos, nos salva/sana y nos libera.
Si has sido leproso, y te has curado, cada vez que veas tu piel sana, te acordarás de tu médico.
Necesitamos tener en la memoria las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida. Porque vienen momentos de oscuridad, momentos en que no encontramos asideros humanos que sostengan nuestra débil fe. Es entonces cuando recordamos lo que hemos vivido, cómo nos llamó el Señor, cómo nos manifestó su inmensa misericordia, la luz y el gozo que inundaron nuestros corazones.
A veces nuestras crisis de fe, son crisis de la memoria
De hecho la liturgia cristiana es un permanente recordar las maravilla Dei en la historia, y al recordarlas, al celebrarlas continuamente, las hace presente, las actualiza en la vida de los creyentes.
Más allá de nuestros esfuerzos humanos, la fe es siempre un don de Dios, una gracia que hemos de pedir con humildad en nuestra oración.
Saber que Dios está presente, que conoce nuestros corazones, que siempre nos mira con amor de Padre es un gran consuelo. Caminemos en su presencia en el país de la vida, y confiemos totalmente en su gran misericordia. Amén.
"Daniel en el foso de los leones", Henry Osawa Tanner
A veces tenemos la impresión de que estamos a merced de las fuerzas del mal que están actuando en nuestra historia, tanto a nivel personal como colectivo.
Y Dios parece no enterarse de nuestro sufrimiento. Como dice el salmo: "¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro?" (Sal. 12)
Este aparente silencio de Dios frente al triunfo de la maldad es para algunos fuente de verdadero escándalo: "Tú llevas la razón, Yahvé, cuando discuto contigo; no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia ¿Por qué tienen suerte los malos, y son felices todos los traidores?" (Jer. 12,1)
Y sin embargo la Biblia no cesa de repetirnos esta verdad: Dios gobierna el mundo, todo lo que acontece o es querido por él, o él lo permite para el mayor bien de sus hijos e hijas: "Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio" (Rom. 8, 28)
Esto es una lectura creyente de la historia, la que nos enseña Israel en las páginas de la Biblia: desde la experiencia fundante de Abraham hasta la llegada del Mesías. Incluso la misma tribulación tiene un sentido en el plan de Dios: "Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir, como hoy ocurre, un pueblo numeroso" (Gn. 50, 20)
Pero hay que tener una mirada de fe y no siempre es fácil. Necesitamos sabiduría para interpretar lo que ocurre a la luz del plan de Dios. Santiago nos ánima en su carta, precisamente, a pedirla: "Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará" (Stg. 1, 5)
A mi me ha servido de gran consuelo el libro del Apocalipsis. En el capitulo 4 el vidente cae en éxtasis y contempla la Gloria de Dios que gobierna el mundo desde su trono, y a los 24 ancianos con vestiduras blancas que postrados le rinden alabanza, reconociéndolo como origen y fuente de todo lo que existe: "Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado" (Apoc. 4, 11).
En tiempos de tribulación, que no decaigan las rodillas vacilantes, mantengamos firmes la esperanza. No hagamos casos de los que conspiran contra la ciudad de Dios, del aparente triunfo de la maldad, nuestro ojos fijos en el Señor, Dios nuestro, de él viene nuestro auxilio, él es la defensa de nuestras vidas (Sal. 26).
Confiemos totalmente en su misericordia: "Caeremos en manos del Señor y no en manos de los hombres, pues como es su grandeza, tal su misericordia" (Ecle. 2, 18)
Paul Gauguin (1848-1903), el genio francés de la pintura postimpresionista, pintó en 1897, en la isla de Tahití, un singular cuadro titulado: "¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?", un lienzo de gran tamaño que da cuenta del ciclo de la vida: del nacimiento a la muerte. El pintor, que atravesaba un período difícil de crisis personal, lo consideraba su legado al final de su carrera artística: "He hecho una obra filosófica temáticamente similar al Evangelio"
En medio del paisaje tropical de Tahití se despliegan una serie personajes que van recorriendo toda la escena en una búsqueda constante por el sentido que sólo culmina con la muerte.
Estas preguntas por el significado de la existencia, y por el destino que nos aguarda, bullen dentro de cada corazón humano. Son interrogantes que remiten siempre, en última instancia, a la más radical de todas las preguntas: la pregunta sobre Dios.
Son, qué duda cabe, las grandes preguntas de la vida. Ellas siguen abiertas hoy igual que ayer.
El hombre constituye para sí mismo un misterio, un enigma que ha de ir resolviendo mientras camina.
La clase de Religión debería acompañar a los jóvenes en ese despertar de la conciencia ante las "grandes cuestiones" que se debaten en el espíritu humano, y, al mismo tiempo, mostrarles la respuesta que da el misterio de Jesús de Nazaret: en él descubrimos nuestra identidad más profunda de hijos y hermanos, nuestra dignidad.
En Jesús la pregunta de futuro que late en nuestros corazones es iluminada por la experiencia de la Resurrección.
¿Podemos hacer oídos sordos a las preguntas sobre el sentido? Sí, todo en la sociedad conspira para que no nos escuchemos por dentro, para que vivamos simplemente en la piel, y poco más.
Pero el hambre está ahí, en lo profundo del corazón.
Para los que quieran seguir profundizando en el significado del cuadro les dejo este enlace:
El nuevo single de Fresh Sánchez y StelioN, #AliveAgain, habla de la experiencia de la misericordia, de ese Dios amor que pone su corazón en nuestra miseria, que baja al infierno de nuestros vicios y pecados, que nos levanta y restaura, que nos hace gustar la libertad verdadera.
La letra del rap es una especie de teología narrativa, estáhecho de palabras que vienen del mundo de la vida, palabras que testimonian la presencia de un amor que se revela a sí mismo salvando y liberando a sus hijos.
Cuando Dios abre nuestros sepulcros y nos hace salir de nuestros sepulcros, cuando derrama sobre nosotros el agua pura prometida, entonces conocemos quién es Dios para nosotros: el Padre misericordioso.
No importa lo bajo que hallamos caído, si hemos derrochado los bienes de casa, si nos hemos tenido que dedicar a cuidar cerdos, ¡Dios nos espera con los brazos abiertos! Abramos las puertas a su misericordia, somos sus hijos e hijas muy queridos, amados desde siempre, amados desde las entrañas del corazón de Cristo.
El Señor bendiga el trabajo de estos jóvenes artistas, su testimonio hecho música y canción alcance a otros jóvenes que deambulan por estas calles buscando muchas veces sin saberlo al #DiosMisericordia, el Dios que se nos revela en la buena noticia cristiana.
Porque como dijo Juan Pablo II en 1985 a los jóvenes venezolanos: un joven evangeliza a otro joven, y lo evangeliza narrando su experiencia de la misericordia de Dios.
Nuevos caminos del otoño, nuevos senderos que atraviesan la tarde en medio de la hojarasca naranja y la umbría sombra de los arboles sacudidos por el viento.
La ciencia, el arte, la filosofía, las cimas más acabadas del espíritu humano, nacen siempre de la admiración, una experiencia de sobrecogimiento interior que hermana la emoción y el intelecto.
Víctimas de una estética que rinde culto a lo feo, que ha dado la espalda al ser, que vive del grito y de lo efímero, necesitamos urgentemente reencontrarnos con lo bello.
En realidad, tenemos hambre de lo bello, nostalgia de lo bello.
Y para curarnos hemos de volver a nuestros propios ojos, aprender a ver de nuevo, educar la mirada.
En clase he percibido alguna vez la indiferencia de los jóvenes ante las maravillas de la naturaleza: una puesta de sol, el oleaje del mar, el color de las montañas,... Son jóvenes de vista cansada, de corazón distraído, los mismos que cuando les hablas de un viaje te dicen que quieren ir a Ibiza para sumergirse en una fiesta interminable, pum-pum-pum,..¡a tope, tío!
Quizás han pasado demasiados años encerrados en las asépticas aulas de nuestras escuelas, embelesados en el mundo virtual de sus móviles, de sus ordenadores,...
Quizás nosotros mismos, los maestros, hemos dejado de mirar.
El estudio del paisaje compete al profesor de ciencias, al de literatura, al de plástica, y, también, al de religión.
Las maravillas de la naturaleza testimonian la presencia del Creador, como dice San Pablo: lo invisible de Dios se hace visible por sus obras (Rom 1,20). Constatar la existencia de un ordo universis que hace posible el trabajo de la ciencia es, en sí mismo, el mayor de los milagros.
Aquí les ofrezco esta galería, no sólo para nuestro solaz, sino como un recurso para esa educación en la mirada, esa siembra de lo bello en nosotros,... que seamos capaces de admirar, de hacernos preguntas, de escuchar,....
Abonando la mirada y el corazón para que brote la experiencia de la fe.
Con frecuencia el acto creativo es el resultado de combinar elementos no relacionados entre sí, dándoles un orden específico. El ente que emerge puede convertirse en nuestras manos en algo nuevo, significativo, funcional, que nos ayuda a comprender el mundo, o resuelve una necesidad.
Las posibilidades son, francamente, infinitas. A veces nos falta audacia para traer elementos de aquí y de allá, y preparar un "cóctel". Nuestro sistema educativo, con sus respuestas pre-fabricadas, y su excesiva segmentación del conocimiento, no favorece, de hecho, el talento creativo.
En mi caso he combinado una galería de Bansky, el conocido representante del street art, con una enigmática canción de Supertramp: "Soapbox opera"
Las producciones de Bansky, con sus irreverentes imágenes y graffitis, tienen un claro signo profético, nos asaltan en plena calle y nos dejan pensando,... las injusticias, las guerras, las desigualdades, en una palabra la deshumanización que sufrimos en nuestro sometimiento a la lógica de las sociedades de consumo. Como no le falta su puntito irónico al verlas nos sabemos si reír o llorar.
"Soapbox opera" habla de la desilusión que sentimos ante las respuestas que damos por sentadas en relación a asuntos como la razón de la existencia o el sentido de la vida. La canción reconoce la necesidad que tenemos de creer en algo, pero en algo que sea verdadero y que no nos decepcione.
Música e imagen, a mi modo de ver, apuntan en una misma dirección: recuperarnos de la alienación, liberarnos de cierta concepción materialista de la condición humana. Porque el ser humano en sí mismo, y por si mismo, desde la concepción hasta la muerte, goza de una dignidad especial, no es un mero valor de cambio ni una mercancía.
La dignidad humana es el centro de gravedad de la visión antropológica del cristianismo. Descubrirla en sí mismo, y en los otros, es una experiencia fuerte de sentido.
Es inherente a nuestra condición, además, ser esa conciencia que grita y que busca el significado de la existencia, que no se resigna a vivir sin preguntas.
La tarea de Religión que propongo, pensada sobre todo para el bachillerato, es muy sencilla:
Hace más de 100 años Nietzsche decretó "la muerte de Dios", y el derrumbe definitivo de los valores de la sociedades cristianas de occidente. Pronosticó el advenimiento del Übermensch, el "superhombre", el hombre que ha superado la moral tradicional, el hombre que se sitúa más allá del bien y del mal.
El proceso de secularización que hemos vivido, tanto en su versión soft, típico de las sociedades liberales burguesas; como en la experiencia terrible, hard, de los totalitarismos de inspiración marxista, pareciera darle la razón al controvertido filosofo alemán, por lo menos por lo que respecta a Europa occidental.
Y sin embargo.
Una mirada a la poesía, a la música, a la pintura, a la narrativa, de los últimos cien años, es decir, a las expresiones más exquisitas del espíritu humano, dará cuenta, para quien sepa ir más allá de los signos, que las viejas preguntas no han cambiado.
El asunto del bien y el mal, la dialéctica entre la libertad y el destino, la búsqueda del sentido, la realidad ineludible de la muerte, el significado del dolor, la soledad, la experiencia de la angustia, las ansias de felicidad, las frustraciones del vivir diario, la impotencia,... de toda esta materia esta hecho el arte de hoy.
En el fondo, detrás del laberinto, para quién quiera oír, para quién quiera ver, está la pregunta primera, la más radical y definitiva, la pregunta de Dios.
Sí, Dios, criticado y matado cien mil veces, ridiculizada la idea misma de su existencia, proscrito su nombre en el parnaso de intelectuales y artistas,... se cuela en nuestra historia en forma de pregunta, emerge en el silencio de nuestras esperas, en la noche misma de nuestras angustias e incertidumbres.
Nos dijeron que podíamos vivir cómodamente sin verdades definitivas, nos invitaron a instalarnos en el relativismo moral, negaron la existencia de un sentido, de un significado del milagro mismo de la vida y de la existencia.
Negaron toda posibilidad de trascendencia.
En definitiva, nos dijeron que para ser modernos e inteligentes teníamos que matar a Dios en nosotros.
¿Matar a Dios?.... La única forma de hacerlo es matando toda el ansía de verdad y de sentido del corazón humano. Des-humanizar el corazón, vaciarlo, negar la legitimidad de las preguntas últimas.
Como decía Agustín, ese gran existencialista cristiano: "Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti"
En esta tesitura del tiempo, por todas partes, en el mundo real, y en el virtual también, las personas intercambian palabras de felicitación deseando que el año que viene traiga paz, felicidad, prosperidad, unión, trabajo, salud, amor,...y pare usted de contar.
(Siempre he pensado que estos buenos deseos de bendiciones para los demás, cuando nacen del corazón, Dios mismo, que es un Padre bondadoso, los toma como oraciones).
Crece en todos la ilusión de que el año que viene será mejor,... habrá más empleo, solucionaremos nuestros problemas de vivienda, salud,... llegará el amor a nuestra vida,... A veces somos víctimas de una suerte de pensamiento mágico, como si al llegar las doce campanadas, en un tris, las dificultades comenzarán a resolverse, o empezaremos a realizar nuestros sueños,....incluso practicamos ritos de "buena suerte", las clásicas tradiciones de la Nochevieja: vestir ropa interior amarilla, o roja, ¡yo que sé!, comer lentejas, o las doce uvas, etc,...
Con todo, pasa presto el año nuevo,... empiezan a correr, implacables, los días de enero,.. los meses,.... solucionamos algunas cosas, aparecen nuevos problemas,... ¿Dónde quedaron nuestras esperanzas de fin de año? Pocos las recuerdan en realidad, todo es tan efímero,...
La verdad es que yo no sé si el año que viene traerá paz, prosperidad, felicidad, trabajo, salud,....El único secreto que conozco para recibir las bendiciones del cielo es entregarle el año que empieza a Jesús, el Hijo de Dios. Él es en realidad el dueño de los tiempos de nuestra vida.
La fuente de toda bendición es Dios.
Si Jesús de Nazaret es el centro de gravedad de tu vida, aunque se multipliquen los problemas, y todo parezca derrumbarse a tu alrededor, te irá siempre bien, porque caminarás bajo el amparo de su misericordia y poder.
Como dice el profeta Habacub (3, 17-19):
" Aunque la higuera no echa yemas
y las viñas no tienen fruto,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios, mi salvador.
El Señor soberano es mi fuerza,
él me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas"
Rindamos el año 2014 a Jesucristo, hinquemos nuestras rodillas y reconozcámosle de nuevo como nuestro único Señor y Salvador, confiémosle el tiempo de nuestra vida, para que lo transforme en historia de salvación y misericordia.
No hay alegría más grande que pertenecer a Jesús.
Luego, en el trabajo cotidiano, hagamos todo lo que esté de nuestra parte por resolver los problemas, o ir realizando aquello que creemos es nuestro sueño ( o mejor: "el sueño de Dios en nosotros")
¡Qué Dios libre a los cristianos y cristianas de esta especie de ilusionismo mágico que rodea muchas veces la celebración del Año Nuevo!
No vivamos de vanas esperanzas, ni de un optimismo ilusorio, trabajemos y luchemos con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos, seamos nosotros mismos canales de bendición y gracia para que otros tengan un gran año, y pongamos toda nuestra confianza en el amor salvador de Jesús, en su inmensa bondad y misericordia.
Ofrecemos todos estos pensamientos, en el Corazón Inmaculado de María, y en San José, su esposo, a los amigos y seguidores de este Blog,... Para ellos, un abrazo fraterno en Cristo Jesús y FELIZ AÑO NUEVO 2014
Hoy celebramos la
festividad de Juan de la Cruz, poeta y doctor de la Iglesia, un maestro en los
caminos que conducen a la unión con Dios. Leyendo sus obras sorprende las
escasas referencias directas que hace del misterio de María, sobre todo
considerando su pertenencia a una orden tan profundamente mariana como es el Carmelo.
Una primera explicación
está relacionada con el modo de ser del santo, parco y centrado en los temas
que le preocupan: la unión con la Dios, la vida teologal, la noche, la
contemplación,... Nunca pretendió abarcar la diversidad de temas que comprende
la teología espiritual, sino aquellos que estimaba eran de mayor necesidad para
sus lectores, básicamente gente de oración.
Además, Juan de la Cruz
se ha guardado celosamente para si su experiencia de amor con María, la
cual conocemos, por otra parte, a través
de su vida, en ella encontramos abundantes testimonios de la presencia de la
Madre de Dios que acompaña y protege al santo carmelita en su camino,
especialmente en los momentos de tribulación.
Más allá de los datos
externos, profundizando en la doctrina de Juan de la Cruz, encontramos que
su teología nos ayuda a comprender mejor
el misterio de María, la Madre de Dios, y de paso, nuestra propia vocación a la unión con Dios.
Conforme a lo prometido en nuestro post anterior: "La vida de Pi": valoración cristiana I, abordaremos a continuación el segundo aspecto relativo a la religión que aparece planteado en "La vida de Pi": La existencia de Dios.
2.Desde el principio de la película se nos promete una
historia que, nada más y nada menos, “nos
hará creer en Dios”. El tema aparece varias veces durante el desarrollo de
la historia, por lo que nos vamos haciendo expectativas sobre cómo cumplirá Pi
su promesa.
Hacia el final del filme, el joven naufrago, que convalece en
un hospital mexicano, se ve forzado delante de unos agentes de seguros, que no
creen en su peripecia marina con Richard Parker, el tigre de bengala, a hacer
una historia diferente sobre lo vivido. El nuevo relato, cargado de dramatismo
y bastante bizarro, resulta aceptable desde el punto de vista de los que
realizan el informe para la naviera.
A la pregunta del protagonista sobre cuál de las dos
versiones de los hechos preferimos, todos respondemos igual que el
entrevistador: ¡la del tigre! Y Pi concluye, que de la misma manera es Dios, la mejor historia que podemos contar
sobre aquello que nos acontece.
Sinceramente, me pareció un argumento interesante pero
incompleto y, por lo demás, confuso.