martes, 4 de agosto de 2015

La presencia de Dios: Una memoria que sostiene la fe

"Man Sleeping", James Tovey

Durante el verano con frecuencia experimento cierto desorden en mis horas de sueño. Me despierto de madrugada, cierro los ojos, me levanto, me acuesto,.... y, luego, a media tarde, inopinadamente, estoy como zumbado, me quedo dormido por los rincones. En fin, así me va.

En esos ratos de vida noctambula, a veces, me da por pensar en la presencia de Dios.

Siempre, estemos conscientes de ello o no, estamos en la presencia de Dios. Tener delante de los ojos esta verdad es un acto de fe desnuda.

No sé si logro explicarme. Es una fe que no se apoya en lo que pueda sentir o experimentar, en lo que capto con mi inteligencia, en lo que imagino, Dios está presente, y no sé nada más. 

Me sostiene, eso sí, lo que he vivido en mi historia, la experiencia de revelación/salvación que ha acontecido en mi vida. Esos momentos de gracia y misericordia en que he visto claramente en mi conciencia la verdad que supera toda verdad: Dios.

He experimentado, inmerecidamente, el amor gratuito que me ha creado y que es fuente de todo lo que existe. No sé puede pasar por el fuego, y luego decir que no te has quemado.

El asunto de Dios, aunque no es contrario a la razón, no se resuelve con conceptos y silogismos. Su forma de revelarse a los humanos es manifestando su salvación/amor en su historia, tanto a nivel personal como colectivo.

Siempre que Dios se revela a sí mismo, nos salva; y cuando nos salva, se revela.

Israel conoció a su Dios a través del acontecimiento histórico de la liberación de Egipto. No fue un consuelito para soportar las penas de la vida, como dice cierta crítica moderna, ni mucho menos, fue una experiencia tremenda de ruptura de las cadenas de la esclavitud, de conquista de la tierra y de su dignidad como un pueblo libre.

Del mismo modo, conocemos a Jesús Resucitado cuando su amor salvador se manifiesta en nuestra historia. El ciego, el leproso, Jairo, la viuda de Naím, ... el evangelio continuamente nos muestra lo que sucede en la vida de las personas que se encuentran con él, son sanadas y liberadas, y a través de la gracia que reciben, comienzan a reconocer la identidad del Mesías

Es imposible conocer a Jesucristo, y no sentirse salvado por él.

Luego vendrá la teología, los conceptos, las explicaciones, el diálogo con la razón y la cultura, pero lo primero es siempre la experiencia, el encuentro con Jesús que nos llama por nuestro nombre, y al llamarnos, nos salva/sana y nos libera.

Si has sido leproso, y te has curado, cada vez que veas tu piel sana, te acordarás de tu médico.

Necesitamos tener en la memoria las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida. Porque vienen momentos de oscuridad, momentos en que no encontramos asideros humanos que sostengan nuestra débil fe. Es entonces cuando recordamos lo que hemos vivido, cómo nos llamó el Señor, cómo nos manifestó su inmensa misericordia, la luz y el gozo que inundaron nuestros corazones.

A veces nuestras crisis de fe, son crisis de la memoria

De hecho la liturgia cristiana es un permanente recordar las maravilla Dei en la historia, y al recordarlas, al celebrarlas continuamente, las hace presente, las actualiza en la vida de los creyentes.

Más allá de nuestros esfuerzos humanos, la fe es siempre un don de Dios, una gracia que hemos de pedir con humildad en nuestra oración.

Saber que Dios está presente, que conoce nuestros corazones, que siempre nos mira con amor de Padre es un gran consuelo. Caminemos en su presencia en el país de la vida, y confiemos totalmente en su gran misericordia. Amén.

@elblogdemarcelo

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