domingo, 12 de junio de 2016

I TOOK A PILL IN IBIZA: ¿Qué dice la letra de la canción?





Por encima de las estrategias del marketing, las canciones que ocupan los primeros puestos del Hit Parade son, la mayoría de las veces, un reflejo de las experiencias que marcan la vida de los jóvenes, de sus búsquedas y preguntas, de los avatares de su existencia personal.

Estas canciones revelan modelos de vida, los valores y antivalores que definen la cultura de una generación, tanto en lo que dicen como en lo que no dicen. Son, por así decirlo, un signo del espíritu de la época.

De allí mi interés por indagar lo que escuchan los jóvenes, y, dado el caso, de analizarlo con ellos en clase.

Oído al tambor: cualquier canción, nos guste o no a nosotros, puede convertirse en un excelente recurso educativo. Basta que se ponga de moda entre los jóvenes, y que sepamos hacer las preguntas pertinentes. Que aprendan los chicos a escuchar lo que cantan y bailan, a tener un oído crítico, y se vayan liberando del automatismo con que asumen los gustos y tendencias que les impone el mercado.

Para esto sirve educarse, pienso yo. Salir del redil, concienciarse, pensar. De esto se trata.

I took a pill in Ibiza ("Me tomé una pastilla en Ibiza") de Mike Posner ha ocupado los primeros puestos de las listas de canciones más escuchadas del 2016. El vídeo oficial en la plataforma de Youtube tiene casi 9 millones de reproducciones. 

¿Qué dice esta canción que ha sido tan exitosa entre los jóvenes ?

Un muchacho de Los Angeles nos narra en cadena una serie de experiencias sobre sí mismo: se toma una pastilla en Ibiza, aparentemente por puro postureo, sin saber realmente por qué lo hace; reconoce que detrás de su éxito como cantante, del millón de dolares que se ha gastado en "mujeres y zapatos", del coche deportivo que conduce para demostrar que es un macarra, vive sin saber en quien confiar. Da la impresión de que está solo,  y que comprende que no le queramos seguir en ese carrusel de su existencia, ese su vivir colocado pero sin ningún sentido.

En el plano amoroso, más allá de sus numerosos ligues que no sobreviven a la mañana siguiente, no se siente capaz de sincerarse y abrirse de corazón, y por eso permanentemente huye del amor verdadero.

Atascado en este escenario no es extraño que lo único que realmente sepa sean canciones tristes, como repite el estribillo.

La canción no hace una defensa ni promueve este estilo de vida, simplemente describe lo que vive. Y la sensación que deja traslucir es claramente de malestar e insatisfacción.

Este es el mundo de apariencia, la felicidad mentirosa de quien no logra resolver su ansiedad por encontrarse a si mismo y descubrir su centro de gravedad. Vivir huyendo, sin experimentar el amor verdadero, sin curar las heridas del corazón. Y esto, con distintos matices, es lo que viven muchos jóvenes que se sumergen en el mundo de la noche y de las drogas.

Caminar sin sentido es una realidad cotidiana, y dolorosa, para muchos hombres y mujeres de esta generación, inmersos como están en un hedonismo hueco, en un relativismo que los convierte en seres frágiles y melancólicos.

¿Qué respuesta podemos dar a esta realidad?

Como cristianos sólo nos queda compartir con otros el testimonio de la buena noticia de Jesucristo. Que cada hombre, cada mujer, cada joven, descubra su inmensa dignidad, su identidad profunda como hijo, y experimente el agua que ofrece Jesús, la que verdaderamente sacia las exigencias más hondas del corazón humano.

El tesoro escondido en el campo, la perla de gran valor.

Pero, sobre todo, que descubran el verdadero Amor, el amor con mayúscula, el amor que da sentido y significado a la vida, el amor que cura las heridas y nos hace nacer de nuevo.

Que se conozca y experimente el amor, para que nuestro saber no lo copen canciones tristes

Con esta reflexión de fondo, la invitación es a escuchar y analizar esta canción en Clase de Religión.

jueves, 26 de mayo de 2016

El milagro de la vida


Un día, al amanecer, un hombre sembró una delicada semilla en un tiesto color ladrillo. El macetero era viejo, antaño había servido de cuna a muchas matas del patio, y aunque estaba manchado de moho y ya había perdido todo su lustre, cumplía con fidelidad su noble misión.

Era un tiesto de pocas palabras, la gente de por allí apenas reparaba en su existencia.

Al principio la semilla se dejo caer suavemente en la mullida tierra negra. Varios días de sol y agua fueron suficientes para que brotara la vida y comenzara a moverse y a respirar. Poco a poco surgió el tallo y unas pequeñas hojas de un juvenil verde claro. Una planta se asomaba, por fin, a la superficie, y podía ver y descubrir el mundo a su alrededor: el sol de la mañana, las estrellas de la noche, los pájaros que parloteaban entre los postes de la luz, el resplandor del cristal de la ventana, la caricia del viento.

Pocas semanas más tarde, el hombre, conocedor de los entresijos de su pequeño mundo vegetal, decidió que había llegado la hora de trasplantar a la que ya se había convertido en una pizpireta señorita, toda brazos, toda piernas, y que se agitaba, desgarbada, sobre las descascaradas orillas del tiesto. Su nuevo destino fue un soleado rincón del jardín de la plaza del pueblo, en torno a la cual jugaban los niños a la salida del colegio y los ancianos se sentaban y contaban historias.

Llegó mayo. Una tarde, el buen hombre, vio desde la ventana un ramillete de geranios, de un encendido rojo escarlata, que coronaban la cresta de la planta que había sembrado meses atrás.

El tiesto, que lo miraba todo desde la altura del balcón, a pesar de que tenía la vista cansada, logró ver también aquellas hermosos geranios encarnados. Se acordó entonces de la pequeña semilla que había crecido en su vientre. Y aunque en su larga vida ya había contemplado como muchas se convertían en plantas y se coronaban de flores y de frutos, se dijo admirado: ¿Quién iba a decir que llegaría tan lejos? ¿Cómo imaginar que de esa frágil semillita brotarían flores de tanta belleza?

Y un sentimiento de satisfacción y orgullo recorrió las paredes del viejo macetero.

Por un tiempo, quizás años, el tiesto se durmió. Eso fue cuando lo dejaron arrinconado junto a la caja de herramientas. Hasta que una feliz mañana, el hombre trajo una nueva semilla temblando entre sus nudosas manos, y la sembró, en medio de una palada de tierra negra, en su antiguo macetero color ladrillo.

Y vuelta a empezar, el milagro de la vida.

@elblogdemarcelo