lunes, 27 de septiembre de 2010

ORAR EN UN MUNDO ROTO

En algunos ambientes a veces se respira cierto prejuicio hacia la oración. No sé si es el temor a ser tachado de "espiritualista", o la infundada creencia de que el orante se evade de su compromiso con la realidad, o la influencia sobre nosotros de la secularización que prevalece en la sociedad contemporánea. Lo cierto es que lo percibo más de lo que me gustaría, y ello me desconcierta un poco.

Toda la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, es una invitación permanente a la oración. Jesús nos insistió en que debíamos orar siempre, sin desfallecer ( Lc. 18,1). Nos enseñó además la oración del Padrenuestro, y nos dio testimonio con su propia vida de oración. Él mismo dedicaba largas horas a la plegaria, a veces incluso toda la noche.


Si recorremos la Palabra de Dios, todos los grandes profetas y hombres escogidos por Dios, Moisés, David, Jeremías, María, Pedro, Pablo,...han sido hombres de profunda oración ante el Señor. Todo el testimonio de la santidad en la Iglesia a lo largo de los siglos lo conforman esos hombres y mujeres que se han fraguado en la contemplación y en la humilde plegaria: san Benito, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, la Madre Teresa de Calcuta,...

Por eso, por eso, mi desconcierto cuando los creyentes en Cristo no hacemos de la oración nuestra fuerza, cuando no proclamamos nuestra confianza en el poder de la oración.

La oración, lejos de alejarnos de la realidad, nos mete en el corazón de la historia. Nos llena de compasión y misericordia, nos revela el rostro sufrido de Jesús en el pobre, en el parado, en el enfermo,...

La oración limpia nuestra mirada, nos va cambiando por dentro, sana nuestras heridas, llena de gozo nuestro corazón.

La oración es refugio y consuelo en la tribulación, fortaleza para sobrellevar las cruces de cada día, lluvia fresca en medio del desierto de la vida

La oración nos convierte en testigos del Resucitado y nos da la fuerza y el coraje para vivir el mandamiento nuevo del amor.

La oración es la esperanza de los pobres. Cuando los medios humanos parecen fallar, la enfermedad visita nuestro hogar, estamos en mala situación económica, padecemos tribulación y angustia, somos tentados,...clamamos a Dios, nos arrojamos en sus brazos, oramos.

La oración nos transfigura. La oración transfigura el mundo

No tengo ningún reparo en decirlo, se puede ser "progre" y devoto del Santo Rosario, ser "supermoderno" y al mismo tiempo llevar una intensa vida de piedad y de unión con Dios. Por supuesto, cada uno por el camino que el Señor le vaya llevando, porque el gran protagonista de la oración es el Espíritu Santo, él sopla como quiere, y nos conduce según el querer de Dios.

El libro Orar en un mundo roto, de Benjamín González, nos sitúa como orantes en medio de un contexto social e histórico que ha perdido su centro de gravedad, por lo que las piezas parecen estar desintegradas. Precisamente, la oración es esa fuerza integradora de la vida, que nos ayuda a recobrar nuestro eje, y a mirar al mundo que sufre, y que muchas veces busca a Dios sin saberlo, con una mirada nueva, llena de amor y misericordia, las mejores medicinas para "soldar" las piezas rotas de la vida.

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