lunes, 26 de marzo de 2012

El futuro de la enseñanza de la Religión


Los pasados 15, 16 y 17 de marzo se ha celebrado en Murcia un importante Congreso sobre el futuro de la enseñanza de la Religión organizado por la Delegación de Educación de la diócesis de Murcia, personificada en don Juan Carlos García Domene, un verdadero dinamizador.

He participado en este Congreso formando parte de una Mesa Redonda y presentando una ponencia “a dos voces” con la teóloga Mercedes Serrano sobre “Profesorado, vocación, misión y profesionalidad”. Ha sido para mí una gran oportunidad como católica, como profesora, y como vicepresidenta de ANPE, el sindicato más representativo para el profesorado de Religión.

Me parece que la organización de este congreso ha sido oportuna porque obedece a tres necesidades apremiantes.

La primera necesidad es la clarificación de posturas ante la profunda crisis de valores que está determinando en Occidente un verdadero cambio de época histórica. Me parece que, frente a la vorágine de nuestro tiempo, el hombre de hoy está frente a un Kairós, una oportunidad: la de recobrarse a sí mismo. En este contexto, las creencias religiosas y su traducción práctica en las decisiones morales, el afán por la trascendencia a nivel espiritual y la práctica religiosa como parte de una comunidad de creyentes tienen sentido, obedecen a una necesidad salvífica del presente.

El segundo motivo por el cual este congreso es oportuno se refiere, más sencillamente, a la importancia creciente que ocupa la educación en los intereses contemporáneos. Nos espera un tiempo de cambios y reformas. Y cuando el péndulo comience a oscilar, el profesor o la profesora de Religión deben encontrarse ahí, entre el resto de los profesionales educativos, como miembros implicados en la marcha de los centros, en la comunicación con las familias, en los problemas de los alumnos y en las soluciones.

La tercera necesidad es la de defender al profesorado de Religión, que no es un ejemplar raro ni peculiar entre los demás profesores sino un testigo, un educador y un profesional, como lo son – o deben ser- todos los demás profesores en sus respectivos ámbitos.

Defender al profesor de Religión es defender la asignatura que imparte, y eso debe comprenderlo el propio profesorado, llamado a ejercer su vocación en los claustros y ante todos los alumnos. Pero debe comprenderlo así también la propia Conferencia Episcopal, que debe escoger con rigor a sus representantes, por supuesto, pero defendiendo los principios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad, para que la legitimidad de cada profesor cuando llegue a un centro sea intachable. Y también es importante confiar en las organizaciones que pueden representar a este profesorado de manera efectiva en los ámbitos de negociación de sus condiciones laborales.

El profesor de Religión es un educador, un testigo y un profesional. Si me lo permiten, intentaré desarrollar brevemente estos tres aspectos en los próximos días.

Quisiera terminar ahora con una frase de Martin Buber, que explica cuál es la responsabilidad de la tarea docente: Ser responsable es dirigir una palabra y esperar una respuesta.

Esa es la esencia del trabajo de los profesores de Religión. Deseo de todo corazón que no desfallezcan en esa maravillosa tarea que les ha tocado desempeñar en el ámbito profesional.

Carmen Gauita

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