jueves, 5 de abril de 2012

Noche de Jueves Santo: La oración de Jesús en Getsemaní



La agonía de Jesús en Getsemaní es una narración llena de vida y de energía. "Agonía" significa lucha y  combate. Cada evangelista nos ha transmitido detalles propios que enriquecen la contemplación de la escena. Son cuatro retratos diferentes de un mismo personaje: Jesús que sufre y que ora.

Jesús oró muchas veces en su vida; pero ahora su oración reviste un carácter único y trascendental de combate y de lucha: se trata de aceptar el sacrificio de su propia vida, a pesar del dolor que eso implica. Jesús no quiere estar solo. Quiere testigos, pero desea una compañía reducida, más íntima que la de los Doce; por eso toma consigo sólo a Pedro, Santiago y Juan, los discípulos preferidos (cf. Mc 5,37; 9,2).

Jesús "comenzó a sentir pavor y angustia", y una "tristeza mortal". La intensidad de ese dolor hace que Jesús se aparte aun de los tres amigos, para hundirse él solo en una plegaria a su Padre. Las actitudes y palabras de Jesús, con ser parecidas, presentan sin embargo matices diferentes en cada uno de los evangelistas.

Marcos escribe: "Caía sobre la tierra y oraba...: '¡Abbá, Padre, todo te es posible; aparta este cáliz de mí. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú!'". Mateo, por su parte, afirma: "Habiéndose adelantado un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: '¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú!'". Y Lucas observa: "Habiendo doblado las rodillas, oraba diciendo: '¡Padre, si quieres, aparta este cáliz de mí. Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya!'".

La lucha interior de Jesús, su intensa oración y su enorme sufrimiento fueron tan hondos, que "su sudor se hizo como gotas de sangre que caía sobre la tierra". Dos fueron los motivos que causaron el terrible sufrimiento de Jesús.

Primero: Jesús sufrió con pavor, angustia y tristeza, al presentir su muerte: una muerte próxima y terriblemente infame, que pondría término violento a su existencia en la plena madurez de su vida, y que sería fraguada por sus enemigos. Jesús siente, en efecto, que es "la hora de ellos y del poder de la Tiniebla" (Le 22,53).

Segundo: Jesús sufrió sobre todo "en su espíritu"; lo que pasó en el alma de Jesús durante esa agonía es secreto exclusivo de él y de su Padre. Su oración y sus sufrimientos tuvieron un carácter salvífico. Jesús sabía que su Padre le había confiado una misión dolorosa y redentora, figurada en la del Siervo de Yahveh. En varias ocasiones él había presentido ese destino de dolor y lo había predicho; y en los últimos días ese presentimiento se había agudizado (Me 8,31; 10,32-34; 12,1-12; 14,8.17-31).

El cáliz es en el AT una metáfora que sirve para designar un castigo de la cólera divina. Cuando en su oración Jesús alude al cáliz y lo acepta, está aceptando voluntariamente que sobre él caiga el juicio que normalmente debería caer sobre sus hermanos los hombres a causa de sus pecados. Jesús está exento de pecado, pero si sufre por los pecados de los demás, su sufrimiento es entonces vicario y redentor (Cf. Cat. Igl. C. n. 612).

Nuevamente aquí se dibuja la misión de Jesús, Sacerdote y Víctima, que se entrega para la salvación de los hombres, derramando su sangre. El autor de la Epístola a los Hebreos escribirá: "Si la sangre de machos cabríos santifica los contaminados..., ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Santo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!" (Hb 9,14).

El ángel del cielo que viene a confortarlo es signo de la asistencia soberana y llena de amor del Padre para su Hijo Jesús, en este momento trágico de su vida. El no está solo. ¡Adelante! ¡A la lucha y al triunfo; al combate y a la victoria!

Juan no ha narrado la oración de Jesús; pero lo presenta en perfecto dominio de sí mismo y con toda la autoridad de su fuerte personalidad. Él es quien guía los acontecimientos. Todo depende de él. Por eso, cuando llegan a prenderlo, él mismo sale al encuentro de la gente y pregunta: "¿A quién buscáis?". Al saber que es a él a quien buscan, responde con un "¡YO SOY!" lleno de majestad divina, que hace caer por tierra a los que van a prenderlo. Esto quiere decir que al Verbo-hecho-carne nadie le puede echar mano. Si Jesús es aprendido, es porque él mismo se entrega voluntariamente. Y se entrega porque ésa es la voluntad de su Padre. El, como buen pastor, va a dar libremente su vida por sus ovejas (Jn. 10,18); por eso precisa: "Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos". Así se cumplía lo que había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me has dado" (Jn. 18,8-9).

Salvador Carrillo Alday, El Señor es mi pastor, Pp. 154-157.

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