martes, 19 de noviembre de 2013

El manto de María: la protección de la Madre de Dios


Allá por los años ochenta, en mi grupo de la renovación carismática, aprendí a empezar mi oración pidiendo a la Madre de Jesús que nos cobijara bajo su manto maternal: "Manto de María, cúbrenos".

El manto de María es una entrañable imagen que tiene para nosotros un hondo significado: la protección de la Virgen, su auxilio y amparo, en nuestro caminar como discípulos de Jesucristo.

Nos cobijamos bajo el manto de María para ser protegidos y amparados en el combate contra las fuerzas del maligno, porque como dice el apóstol San Pablo nuestra lucha no es contra "la carne y la sangre", sino contra los espíritus que están en el aire, los dominadores del mundo de tinieblas (Ef. 6, 12).

En este combate, María ha sido envuelta en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas. Ella es la Virgen de la victoria, llamada a aplastar bajo su pie inmaculado la cabeza de la serpiente.

Nos cobijamos bajo el manto de María para que su amor maternal nos guarde de las seducciones del mundo: la concupiscencia de los ojos, la soberbia de la vida, la vanidad de las riquezas. Bajo el manto de María, la Virgen fiel, aprendemos a obedecer a Jesucristo, el Señor, tomando como guía el Evangelio, y viviendo dignamente nuestro llamamiento y elección, practicando sobre todo el mandamiento nuevo del amor.

Nos cobijamos bajo el manto de María y pedimos su auxilio en nuestras necesidades materiales y espirituales, que ella nos guarde de todo peligro, que nos preserve de toda caída, que sea sobre todo nuestra abogada delante del único mediador: Jesucristo, Señor Nuestro. Ser arropados bajo el manto de María para experimentar la eficacia de su oración intercesora, su inmenso amor de madre por cada uno de nosotros, sus queridos hijos e hijas.  

Nos cobijamos bajo el manto de María, Reina y madre de misericordia, para que el torrente del amor misericordioso del Señor se derrame sobre nosotros como un río de agua viva. Ella le presenta a Cristo nuestros pecados, porque ella misma es acueducto, como dice san Bernardo, de las misericordias del cielo. Bajo el amparo de María, el tesoro de la misericordia infinita de Dios se abre para nosotros, una gracia que experimentamos especialmente cuando nos acercamos al sacramento de la reconciliación y somos liberados de la atadura de vicios y pecados.

En esta hora en que la Iglesia está a las puertas de un nuevo Adviento, queremos pedir a la Santísima Virgen que cubra bajo su manto maternal a todo el pueblo de Dios, que guarde íntegramente la fe de los cristianos, y, sobre todo, que atraiga sobre la Iglesia la efusión del Espíritu Santo, para que nos alegremos en la venida del Señor, y se renueve en todos la esperanza.


En esta escuela de discipulado cristiano, seamos diligentes en el combate, invoquemos la protección de la Madre de Dios repitiendo muchas veces: "Manto de María, cúbrenos".

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