miércoles, 21 de octubre de 2015

PROHIBIDO LOS COLORES


Sucedió en un extraño planeta.

Arriba, en lo alto de una montaña, los niños miraban el universo desde un telescopio mágico. Cuando te instalabas en el mirador, y dabas vuelta a la manivela, cambiaban los colores de las cosas que se veían a través del cristal.

¡Era tan bonito y divertido!

El ancho mundo que se contemplaba desde la altura, con sus diversas formas de vida, podía verse de pronto color verde esmeralda, y entonces aquel color te mostraba secretos misteriosos de lo que había, y que permanecían ocultos para el rosado o para el azul.

Los niños fueron descubriendo que cada color mostraba algo distinto, ya fuera el púrpura o el azul celeste, cada uno permitía ver algún matiz diferente de las cosas, por eso aunque tuviesen su color preferido, sabían que todos eran necesarios en aquel mágico telescopio.

¿El mundo era amarillo o era blanco?, se preguntaban, y probaban mirar los objetos desde cada uno de esos colores, y se lo pasaban bomba averiguando los mundos diferentes que iban surgiendo ante su curiosa mirada

Pero entonces llegaron ellos.

Un grupo de los que cuidaban el telescopio, que era propiedad de todos, comenzaron a decir a grandes voces por todas partes que el mundo era de un solo color, él de ellos, un gris plomizo y ceniciento. Y afirmaban que lo moderno, lo progresista, lo que estaba acorde con los tiempos, era enseñar a los niños eso, para que todos vieran lo mismo y pensaran lo mismo. Ellos decían hablar en nombre de la libertad y la democracia, y la gente escuchaba y se quedaba pasmada pensando si sería cierto.

En su campaña, llegaron a perseguir a quienes se atrevían a afirmar que ellos veían el mundo de otro color, sea verde o sea rojo. El que quiera ver otros colores que se encierre en su casa, decían, ¡y qué no fastidie con su cantinela ni suba a mirar por el telescopio! Muchos se dejaron convencer, y los coreaban cuando pasaban diciendo: “El único color que vale es el gris, los demás no existen clap-clap-clap”.

Tras un tiempo de amenazas y de gritos, llego un día en que este grupo se adueñó definitivamente del mirador de la colina.

Entonces, una de las primeras medidas que tomaron fue quitar por decreto la manivela del telescopio, así nadie aprendería que existían otros colores para contemplar el mundo. Sólo estaba permitido el gris tubería, el único válido para ver las cosas.

Ese día se prohibieron totalmente los colores. Los niños aprendieron a mirar siempre siempre el mismo paisaje, y a pensar siempre siempre lo mismo. Y les fueron inculcando en sus cabecitas que todos los otros colores con los que alguna vez se podía ver el mundo, o eran mentira o no existían.

Muchos niños cuando se hicieron mayores aún recordaban con nostalgia cuando en el telescopio se podía aprender a ver el mundo desde diferentes colores y como cada color les había enseñado algo.

Cuando lograron imponer a todos el mismo color, se hizo muy fácil controlar las vidas de los habitantes del planeta. Y por una extraña mutación genética, las siguientes generaciones de niños y niñas perdieron la visión de los colores, sus ojos ya no fueron capaces de percibir la variedad cromática del mundo.

Esos días tristes aún no han llegado, pero negros nubarrones se asoman ya en lo alto de la montaña.

@elblogdemarcelo

lunes, 19 de octubre de 2015

PAISAJES DE OTOÑO 2015: Regresar al jardín















En las primeras páginas de la Biblia vemos al ser humano viviendo en comunión y armonía con las cosas creadas, en medio de un hermoso jardín. Siempre he pensado que esta sencilla imagen esconde verdades muy profundas de la condición humana.

Adán y todos sus hijos estamos ligados a todo lo que respira y existe, somos hermanos del polvo mismo de la tierra, filogenéticamente descendemos de esa masa de materia y energía que después de millones de año dio origen al milagro de la vida.

Nuestro laboratorio fue un jardín, de allí venimos, y por él suspiramos muchas veces.

El pecado rompió esa koinonia de amor entre nosotros y el resto de las criaturas. Surgieron civilizaciones que transformaron radicalmente el paisaje, y a medida que hemos ido creciendo en tecnología, y se han ido expandido las fuerzas productivas, nos fuimos separando del contacto directo con la naturaleza. 

Nuestro desarrollo científico-técnico es impresionante, ¡qué duda cabe!, pero nos hemos convertido en las piezas desechables de un gran monstruo mecánico. Hemos cifrado el objetivo de la vida humana en la acumulación e intercambio de bienes y servicios, y, paradójicamente, la mayoría de la humanidad tiene que luchar cada día en una economía de subsistencia para lograr siquiera el pan cotidiano.

En medio de los efectos demoledores de esta sociedad que nos homogeneíza y cosifica, que nos reduce al papel de consumidores, se infiltra la melancolía y el sin sentido del para qué todo este proceso que nosotros mismos hemos desencadenado. Rumiamos nuestra soledad en estrechos edificios de apartamentos y vivimos el tiempo del trabajo como un castigo. A veces distraemos nuestros dolores en los mundos virtuales que hemos creado, una realidad ilusoria y la mayoría de las veces insustancial. 

Recuerdo ahora, por ejemplo, mis estancias en el norte de Europa, en países con un nivel de vida que ya quisieran muchos, esos ambientes sombríos, de gentes solas, encerradas en sí mismas,  con un deje melancólico en el rostro.

En medio de nuestra deshumanización, sentimos nostalgia por volver al jardín primero, por recuperar lo bello que hay en nosotros.

La contemplación de la belleza del paisaje despierta lo bello, lo bueno y lo verdadero que late en cada corazón humano.

Porque la belleza nos humaniza, nos ayuda a recuperar los sentidos espirituales que tenemos francamente embotados.

Recuperar la sorpresa del primer Adán ante la hermosura inicial de las cosas, tener ojos de niño y admirarse ante las maravillas policromáticas del otoño, sumergiéndonos en el espectáculo de un atardecer, sintiendo la hierba fresca deslizarse en nuestras manos, escuchando el canto de los pájaros y el suave susurro del viento sobre las hojas del árbol.

En una palabra, regresar al jardín.

@elblogdemarcelo








viernes, 16 de octubre de 2015

No hay que ser marxista para estudiar el marxismo


- No es contigo, Marcelo, pero la Religión es un asunto privado que no debería tener cabida en la escuela, y menos en la pública.

Así me decía una persona en un breve intercambio de pasillo esta mañana. No dije nada. Enseguida sonó el timbre y me fui directo para la clase. Después del recreo nos tropezamos de nuevo. Tengo una pregunta, le dije:

-¿Militar en un partido político, por ejemplo en uno de izquierda, es un asunto público o privado?

- Privado, por supuesto

- Y, digo yo, para estudiar las bases filosóficas de ese partido, su ideario político, su concepción del mundo, ¿tengo que ser militante de ese partido? 

- No, claro que no, ¡faltaría más!

- Te lo pregunto, porque me pasé más de la mitad de mi vida universitaria estudiando el marxismo, conozco a fondo sus postulados, sus autores más representativos, Marx, Lenin, los llamados revisionistas, el  Libro Rojo de Mao, etc. Soy capaz de hacerte un análisis marxista de la realidad, conozco su epistemología y su visión materialista de la historia y de la vida.

- Y todo este rollo, ¿a qué viene?

- Creo que el conocimiento de esta corriente filosófica es sumamente importante para cualquier estudioso de las ciencias sociales, y de las humanidades en general. De hecho, si se quiere comprender la historia del siglo XX, hay que saber de marxismo, así de claro. Quienes me formaron en la ciencia de Marx, eran, en su gran mayoría, militantes de izquierda, algunos bastante radicales. Sin embargo, yo nunca he militado, entre otras razones, porque mi visión cristiana ha chocado siempre con algunos postulados básicos del marxismo. Sin embargo, gracias a mi formación, puedo valorar críticamente sus aportes y reconocer sus contradicciones. 

- Venga, Marcelo, vale ya, ¿a dónde quieres llegar?

- En síntesis, que no tengo que ser marxista para estudiar el pensamiento de Marx. Se trata de un conocimiento público que se ofrece en las instituciones académicas, que está en los libros, y que, aunque yo no milite personalmente en sus filas, se considera útil y necesario para comprender el pensamiento y la historia.

Me detuve un segundo. Ella me miraba con la interrogación dibujada en los ojos. Proseguí:

- Pues bien, hace un rato me dijiste que el estudio de las religiones y, en concreto, del cristianismo, era un asunto privado. Imagínate lo que significa la fe en Jesucristo en la historia del pensamiento y en nuestra cultura occidental, su influencia determinante en el arte, en la moral, en la filosofía, en el modo de vida de Europa y de todo occidente, desde San Petersburgo hasta la Argentina, desde las pinturas del Greco o de Van Gogh hasta la misa de Réquiem de Mozart, desde la escolástica hasta el pensamiento de Nietzsche. La teología cristiana es una disciplina universitaria, forma parte de las humanidades, tiene una metodología y un marco conceptual. Eso por no mencionarte los contenidos de mi asignatura relacionados con la historia comparada de las religiones y la antropología cultural ¿Comprender el mundo del Magreb, por ejemplo, obviando el conocimiento del Islam? ¿y dónde dejamos el estudio del hinduismo o del budismo que están en el corazón de oriente? 

- Me parece que no lo has entendido bien, se trata de cosas bien distintas

- ¿Cosas distintas? No, el problema es creer que estudiar religión me convierte en un militante cristiano o musulmán. Ese es el prejuicio y nada más. Militar en una religión, o adherirme a ella, sí que es un tema personal y privado, pero conocerla o estudiarla es un asunto de educación y de cultura, un conocimiento que ayuda a comprender las raíces culturales de la sociedad donde vivo, su pensamiento, su historia, sus manifestaciones artísticas, y que promueve ciertos valores como la convivencia y la solidaridad. Además, ni siquiera se impone a nadie, es un estudio elegido libremente por el alumnado o por sus padres. En este sentido, la Religión en la escuela representa una opción de libertad, de tolerancia, la posibilidad de ofrecer una educación integral donde todas las áreas del conocimiento estén presentes.

- Venga, veo que te lo has tomado muy a pecho. Es lógico que defiendas tus garbanzos, pero,...

- No, no, no es sólo que defienda mi trabajo. Esto es algo bastante serio. Se trata de derechos, de defender una escuela pública pluralista y abierta, para que la educación no se convierta en una dictadura del pensamiento único, del pensamiento políticamente correcto, y excluya, por motivos que no son académicos sino francamente ideológicos, el estudio de un fenómeno tan importante como la religión y el cristianismo. 

- Mira, ya está, no me vas a convencer, lo siento mucho, pero mejor lo dejamos aquí.

- Vale, vale, por supuesto, cada uno con su visión de las cosas, pero que quede claro que así como no hay que ser marxista para estudiar el marxismo, tampoco hay que ser religioso en la vida personal para estudiar los contenidos de la asignatura de Religión.

Concluido nuestro encuentro cada uno se marchó a sus asuntos. Al final del día volvimos a coincidir en un cambio de hora. Me acerco y le digo:

- Te invito un café

- OK, pero dejemos en paz el temita de la Religión, ¿vale?,...

- Seguro, seguro,... pero quería decirte que voy a escribir sobre nuestra conversación en mi Blog

- ¡No tienes remedio!,... ¡Haz lo que quieras! 

Y nos fuimos juntos a la cafetería. 

@elblogdemarcelo


lunes, 12 de octubre de 2015

Año de elecciones: el discurso vacío de los políticos


Lo suelto de una vez: ¡estoy saturado de la verborrea de los políticos! Un continuo bla, bla, bla, previsible, hueco, salpicado de clichés y lugares comunes, con sus intervenciones diarias y sus encuentros de fin de semana, y, últimamente, sus bailoteos en los platós televisivos. 

Discursos insustanciales, repetitivos, sin creatividad, planos, sin propuestas nuevas para el país. Unos mensajes dirigidos casi siempre al político contrario, mientras el resto de los ciudadanos se limita a contemplar el contrapunteo mutuo de respuestas. Decepcionantes.

Como elector, me siento, francamente, maltratado en mi inteligencia.

Por cierto, alguna vez me he preguntado quien escoge a ese público, casi siempre juvenil, que ponen como tribuna detrás del político cuando aparece dando su discurso por la tele y que suelen mostrar una mirada alelada mientras escuchan embelesados a su líder, como si estuvieran en trance o asistieran a una asamblea de cristianos pentecostales, y estuvieran a punto de gritar: ¡aleluya, hermano! Por favor, que alguien me explique, si es tan amable, de dónde salen estos chicos tan patéticos y tan poco representativos de la juventud española.

Estos días, por ejemplo, al señor Rajoy le ha dado por repetir que votar al PP es de sentido común. A ver, amigo, siéntese conmigo y cuénteme que es eso que usted llama "sentido común" porque yo no me aclaro. A lo mejor se refiere a la lógica de los mercados y de la obediencia ciega a las directrices de la oligarquía financiera que gobierna Europa: recortes, devaluación del salario, precarización del empleo, y demás austeridades habidas y por haber.

La lógica del máximo beneficio, la que convierte todo en mercancía. La lógica que dice que la mejor política para generar empleo es que el Estado no tenga ninguna política real en este punto ¿Plan de choque para enfrentar el desempleo? Ninguno, esperemos a que mejore la economía y entonces, la mano mágica, invisible, del mercado nos traerá el trabajo. Pamplinas.

Todavía recuerdo el eslogan del PP en las anteriores elecciones: "Lo primero es el empleo". ¿Se puede ser más cínico? Lo primero ha sido recortar para poder pagar nuestras deudas, y a estar calladitos que en Europa mandan la Merkel y los bancos. 

Es cierto que los indicadores macro-económicos han mejorado, pero no me venga con la historia de que "el único camino posible" para crear empleo es no intervenir en la generación de empleo.

Cuando escucho a Rajoy hablando de sentido común, no sé los demás, pero yo pienso todo esto.

Pero el PSOE no se queda atrás y a veces me resulta, francamente, más chocante si cabe. Resulta que todo se les va en las típicas frases contra "la derecha derechona", pero que no terminan de aterrizar en asuntos concretos. A ver señor Pedro Sánchez, siéntese, déjese de apelar a los viejos fantasmas de "izquierda-derecha" y dígame ¿tiene usted un plan económico distinto al del señor Rajoy?, ¿se va a enfrentar a las políticas neoliberales europeas? Le cuento que don Zapatero no pudo, y se plegó totalmente, incluso reformando la constitución para garantizar a nuestros acreedores que lo primero es pagar, aún a costa de las políticas sociales. Una reforma, por cierto, bastante bochornosa para un partido como el suyo.

Lo que he visto hasta ahora es a la gente del PSOE intentando convencerme de lo malo, corrupto e ineficaz que es el PP, obviando todo logro posible de este gobierno. Ni siquiera les escucho reconocer la mejora de los indicadores económicos, y si alguna vez lo reconocen, el mérito nunca es de Rajoy y sus políticas, sino de otros factores coyunturales. Todo muy previsible.

El colmo para mí fue el otro día cuando escuché al líder de este partido decir por todo el gañote que vivíamos mejor en tiempos de Zapatero. Alucinante, la verdad.

Tengo la impresión de que el PSOE se quedará en estas elecciones en eso, denunciar los casos de corrupción del partido contrario, minimizar todo lo que pueda los suyos propios. Y hacer propuestas que no afecten directamente a la economía y al empleo, como su discursito anti-religión de estos últimos meses, y que les hace sentir, ¡uf! ¡uf!, muy de izquierdas e hiper-progres.

La realidad realísima es que bastante mal parada ha quedado la religión con el PP, por lo menos en el terreno de la reforma educativa de la Ley Wert. Esto nunca lo dirá la prensa de izquierda, por ejemplo El País, porque significaría desmontar ese mito de un "partido de derecha conservador que apoya a los católicos" y dejaríamos a la pobre izquierda casi sin distintivo.

A ver si me explico bien, la gente de izquierda necesita un PP que aparezca en los medios como aliado de la Iglesia. Eso les hace sentir diferentes, y que tienen una identidad. Pero yo que soy católico, y vivo en España, y para colmo de mi desfachatez trabajo como profesor de Religión, les digo que no es así, que en realidad el PP es tan laicista como el PSOE. Espero que me perdonen por mi tentativa de "desmitologizar" el discursito este típico de la izquierda española, pero es que realmente me parece que alguien debería decirlo, para que no nos engañen tan por la cara.

Claro, hay diferencias en la estrategia comunicativa. El PSOE, como lo usa como bandera, es más sincero y directo en sus ataques a los católicos; en cambio el PP actúa más a lo zorro, dándonos la puñalada por detrás, mientras nos sonríe esperando que votemos por ellos. 

Básicamente la oferta del PSOE se reduce a eso: promover políticas liberales en materia de moral, identificarse con el laicismo y poco más. Lo grueso, lo que tiene que ver con la economía y los derechos sociales, la raíz de la "cuestión social", eso, en realidad, apenas lo puede tocar. Europa les ha amarrado las manos.

Lo veo así porque la Unión Europea es, esencialmente, un proyecto neoliberal de sociedad, que condiciona nuestra soberanía en materia social y económica. Una verdadera trampa para países como España y que deja a los partidos de izquierda con muy poco margen de actuación en materia económica, e incluso social. 

Una Europa, por cierto, también llena de discursos vacíos, grandilocuentes, y completamente prescindibles y soporíferos.

En fin, no digo más, pudiera incluir en mi comentario a los nuevos actores que aparecen en el mapa político de España: Podemos y Ciudadanos, pero, temo cansarles con mi plática, así que lo dejamos para otra ocasión.

Sirva lo que está escrito de desahogo y de defensa ante la avalancha de palabras con que nos asaltan quienes procuran nuestro voto… Y las que todavía nos faltan por soportar de aquí hasta las elecciones de diciembre. Paciencia, mi gente.


@elblogdemarcelo


jueves, 8 de octubre de 2015

Ciencia y religión: Me declaro científico y creyente. Inteligencia, admiración y fe


¿Ciencia y religión se excluyen mutuamente? ¿Son enemigos irreconciliables? De vez en cuando me he tropezado, en compañeros profesores e incluso en algunos alumnos despistados, con objeciones del tipo: "es que yo soy científico, sabes, a mi esto de la religión pues no me va,..." A veces no digo nada, a veces respondo con alguna ironía del tipo: "Y claro, seguramente yo vivo en el Medioevo, tío".

Este prejuicio en contra de la religión es tan fuerte que por más que lo explique, y lo vuelva a explicar, y lo re-diga por activa y por pasiva, reflorece todos los años en las mentes de los jóvenes. Por cierto, ¡qué virus tan espantoso son los prejuicios de cualquier estirpe! Los expulsas por la puerta y se te cuelan por la ventana. Claro, no tienen un fundamento racional, no se atienen a razones ni a conceptos claros y distintos, son míticos en sentido estricto, es decir, creencias generalizadas que no se someten a la razón crítica y que terminan condicionando la valoración que hacemos de los hechos.

Quiero declarar desde mi fe católica que amo entrañablemente la ciencia y el conocimiento, que bendigo a Dios por la biología molecular, la física, la geología, la química, que me declaro devotísimo del método científico y del experimento, de las hipótesis y los estudios estadísticos. 

Y porque los católicos amamos la ciencia y el conocimiento, porque sentimos con particular apremio la necesidad de cultivar todas las ramas del saber humano, la Iglesia promueve la educación alrededor del mundo, patrocina universidades, institutos de investigación, academias, y  entre sus filas hay matemáticos, físicos, astrónomos, lingüistas, historiadores, sociólogos, médicos, etc.

Asumimos este nuestro amor al conocimiento y al quehacer de la inteligencia humana desde una mirada creyente, es decir, pensamos que el orden causal, las determinaciones, que descubrimos en los fenómenos que estudia la ciencia no son fruto del azar o de la mera casualidad, sino que responden a un propósito, tienen un sentido y un significado. Investigar este por qué primero, indagar sobre las preguntas últimas, es tarea de la filosofía y también de la teología.

Que conste que no necesito conocer cara a cara a Leonardo Da Vinci, por ejemplo, para saber que alguien, se llame como se llame, dibujó y pintó la Mona Lisa. Creer que este célebre cuadro se ha pintado solo, o por casualidad, entre millones y millones de posibilidades que había en el universo, lo siento pero atenta contra mi razón. Porque, además, basta mirar la pintura para darse cuenta que la obra tiene una intención, esa sonrisa tan enigmática, esos colores, esa mirada,... No señor, nada es casual, detrás está la mano de una inteligencia creadora.

A mí me asombra, lo digo como lo siento, que haya gente que se plante frente a la maravillosa "pintura" de la naturaleza, pensemos por ejemplo en la belleza helicoidal del ADN molecular, y afirme que todo ha surgido por simple azar. Y que argumenten que cómo no han conocido en vivo y en directo al "Leonardo Da Vinci" que pudiera estar detrás, pues han llegado a la conclusión de que, sencillamente, no existe.

No le falta razón al diablo cuando le aconseja a su bisoño compañero, en el conocido libro de C. S. Lewis "Cartas del diablo a su sobrino", que procure alejar a su paciente humano de todo tipo de argumento o razonamiento que busque la verdad pura y dura de las cosas, esas razones de peso que no se conforman con la jerga que está de moda.

En este debate ciencia-religión es bueno puntualizar que ni la Biblia ni la Tradición cristiana (con T mayúscula, please) dan respuesta alguna al cómo se suceden los fenómenos, no son manuales de ciencia ni son leídos o interpretados literalmente. Son textos esencialmente religiosos, su clave hermenéutica es distinta, testimonian verdades profundas que ha vivido, y celebrado, el pueblo de Dios a lo largo de su caminar en la historia.

Nuestra fe en Dios se alimenta de nuestro amor a la ciencia y al conocimiento, investigar y desentrañar los secretos del cosmos suscita en nosotros sentimientos de admiración y de estupor. Tantas maravillas, tanta belleza, tanta sabiduría. Lo que existe, lo que descubrimos con nuestra inteligencia testifica la presencia del creador: "Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad,..." (Rom 1, 20)

Tengo en la memoria algunas críticas que meses atrás algunos medios dirigieron al programa de Religión porque se proponía como objetivo, entre otros, suscitar en el alumno sentimientos de admiración ante la maravilla de lo que existe. A estos criticones de oficio les mandaría a leer los primeros párrafos de la Metafísica de Aristóteles, allí el filosofo nos habla de que es, precisamente, la admiración, la sorpresa frente a la novedad cotidiana del amanecer, el origen de todo conocimiento.

Sobre este tema tan debatido siempre me queda la sensación de que no he dicho lo suficiente, así que volverá a aparecer, ya lo verán, y diré más cosas, que no termino nunca de explicarme, y ya saben algunos como casi siempre me pilla el timbre con la palabra en la boca.

Celebremos está feliz amistad de la ciencia y la religión, cada una, eso sí, con su autonomía, pero llamadas a dialogar y a complementarse mutuamente.

Auf Wiedersehen!

@elblogdemarcelo