domingo, 18 de septiembre de 2011

LA ORACION, LA PEDAGOGÍA DE UN MÉTODO: Una experiencia personal.




Alguien me preguntó en estos días sobre la conveniencia de usar un "método" para iniciarse en el camino de la oración personal. Le comenté que la tendencia actual era más bien prescindir de un esquema prefijado, y dejarse conducir, libremente, por el Espíritu Santo en el diálogo con el Señor.

Sin embargo, reflexionando sobre mi propia historia como orante, me doy cuenta que el seguir unos pasos me ayudó en su momento a estrenarme en la vida de oración. Aunque se trata de algo muy personal, me voy a atrever a compartir con ustedes mi experiencia.


Como le sucede a muchos jóvenes católicos, hasta que entré al grupo de oración, a los 16 años, mi oración consistía, fundamentalmente, en repetir las oraciones vocales que aprendí en casa y en la catequesis: el padrenuestro, el avemaría, el gloria,... Al empezar a asistir a la asamblea de la Renovación, fui conociendo otros modos más espontáneos para orar: oración de alabanza, de acción de gracias, peticiones...En la comunidad me enseñaron, además, unos pasos para hacer mi oración personal. Recuerdo que los anoté en un papel y los metí en mi pequeña Biblia Latinoamericana, para tener el esquema siempre a mano.

Los pasos eran, más o menos, los siguientes:


1. Entregar la oración a la Virgen María, rezando, por ejemplo, una decena, es decir, diez avemarías. Pedirle a Nuestra Señora que nos tome de la mano, y nos lleve hasta el Señor Jesús.


2. Pedir al Señor que nos proteja con su sangre preciosa y victoriosa, y a María, nuestra buena madre, que nos cobije bajo su manto, y nos guarde de todo peligro.


3. Hacer un breve examen de conciencia y pedir perdón al Señor Jesús por los pecados cometidos. Reconocernos pecadores delante de Dios, y solicitar su amor misericordioso.


4. Entregar nuestras cargas y preocupaciones a Jesús, poner a sus pies nuestros problemas y necesidades. Hacer un acto de confianza en Cristo.


5. Invocar al Espíritu Santo. Libremente o rezando la "Secuencia del Espíritu Santo".


6. Alabar a Dios espontáneamente por su grandeza, por las maravillas de la historia de la salvación, por sus beneficios, por su bondad y misericordia. Darle gracias.


7. Quedarse un ratito en silencio, en actitud de adoración y escucha delante de Dios. Recordar que la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos inhabita por dentro. Rendirse a los pies del Maestro, abandonando nuestras vidas en sus manos, para que se cumpla su voluntad en nosotros.


8. Presentar nuestras peticiones al Señor: por nuestros familiares, por la Iglesia, por el mundo entero.


9. Dar las gracias al Señor por las bendiciones que nos ha regalado en la oración. Rezar el Padrenuestro.

Cuando miro mi vida, con sus luces y sus sombras, me doy cuenta de lo importante que fue para mí el seguir la pedagogía de estos sencillos pasos, de cuya mano me fui introduciendo por los caminos de la plegaria cristiana, descubriendo el tesoro de la oración escondido en el campo de mi propio corazón.

Por supuesto, hoy día mi oración no sigue estrictamente este esquema, otras experiencias han enriquecido mi vivencia como orante: la oración teresiana, la lectio divina, la llamada "oración de Jesús", y, especialmente, la Liturgia de las Horas.

Sin embargo, el haber sido más o menos fiel durante mis años juveniles a los pasos de la oración personal que aprendí en el grupo, sembró en mi el hábito de apartar cada día un pequeño rato para estar con el Señor, y ello, no tengo reparo en confesarlo, me ha hecho inmensamente feliz.

La oración ha llenado de gozo mis días, ha sido fuente de fortaleza y esperanza en medio de los problemas y agobios de la vida, ha iluminado mi camino, ha sido la medicina para mis heridas interiores. Orando he aprendido a reconocer mis límites y mi pobreza delante de Dios y de los hermanos, y, paralelamente, ha sido la puerta por donde he experimentado su gran misericordia, su ardiente deseo de ser nuestro amigo, de acompañarnos y guiarnos, de comunicarnos la gracia de su Santo Espíritu.

Orando, a veces hasta sin ganas, y en medio de la noche de la fe, como la viejita pobre del Evangelio, (Lc. 18, 1-8), he aprendido que nada hay imposible para Dios, que sus palabras son siempre verdad, que Cristo nunca defrauda la confianza que depositamos en él.

No hay situación tan desesperada, a nivel económico, familiar, personal, que no pueda ser cambiada por la oración perseverante del creyente, la oración que es sostenida por esa fe que mueve montañas, y que convierte el pedernal en manantiales de agua.

Por supuesto, la oración no me ha librado de los problemas de la vida, no ha sido una "evasión" de la realidad, ni un mero estado de "relajación" psicológica, ni una simple experiencia emocional  gratificante. Pero a través de ella he experimentado que ya sea que brille el sol, o que caiga un aguacero, Jesucristo está conmigo, para que esa cruz que me toca cargar no me aplaste, para que yo la lleve dignamente, dejándome ayudar por él.

Con Juan de la Cruz he aprendido que el orar no se fundamenta en las emociones. Mal asunto si tenemos que depender de las "ganas" para mantener la amistad con el Señor. La oración es, sobre todo, ejercicio de vida teologal, de fe, esperanza y caridad.

Además, a través de la oración los seguidores de Jesús vamos descubriendo nuestra identidad más profunda y definitiva: ser hijos e hijas de Dios, creados para él, llamados a vivir en una comunión ininterrumpida de amor con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.

Sí, hemos sido destinados a esta fiesta infinita del amor, a la unión con nuestro Dios, por eso, como decía, la beata carmelita Isabel de la Trinidad, el cielo comienza aquí en la tierra, y nuestra vida en este mundo es preparación para esa unión, ese "matrimonio", como dicen los místicos, entre Dios y nosotros.

Cuando en el silencio el Señor nos hace pregustar su divina presencia, nos está dando una primicia de nuestro destino final: ver a Dios, contemplarlo, saciarnos de gozo en su compañía ¡Qué gran dignidad la del ser humano llamado a la comunión de amor con su creador!

Como profesor de Religión siempre me he sentido inquieto por esta cuestión: ¿cómo puedo transmitir a los jóvenes de esta generación del siglo XXI, la experiencia de oración que yo recibí de otros hermanos a comienzos de los ochenta? Ese es el punto.

Considero que iniciar a otros en el camino de la oración, especialmente a los jóvenes, es un verdadero reto pastoral de la Iglesia de nuestros días.

Buscando respuestas a esta necesidad, encontré este sencillo librito, que aquí les ofrezco, de José Ramón Ubieta, Iniciación de los jóvenes a la oración, que aunque ya tiene sus años, es de 1985, contiene ideas y reflexiones pastorales muy interesantes para iniciar a los jóvenes por los caminos de la plegaria cristiana.

Pidamos al Espíritu Santo que renueve en todos nosotros y nosotras la gracia y el deseo de orar. Amén.



INICIACIÓN DE LOS JÓVENES A LA ORACIÓN : DESCARGAR



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