Tengo que reconocer que el
Adviento es de los tiempos del año litúrgico que más me
mueven por dentro. Es como si en medio de mis acelerados días, tuviera un presentimiento bonito, una intuición fuerte, de la inapreciable bondad y misericordia de Dios.
Sí, sí, me digo, hay que tener esperanza, hay que abrir las puertas a la alegría, ...¡
el Señor viene!,...(y no es cuento).
Y aunque la vida se me vuelve un remolino de cosas, creo que a casi todos nos pasa por estas fechas, y con frecuencia me despisto de lo que verdaderamente importa, sigo teniendo la misma expectativa.
Después de haber vivido el "rato" que he vivido, no tengo reparo en confesar: tener esperanza no es nada fácil.
Tantos fracasos en el haber de nuestras cuentas, tanto sufrimiento en nuestro cerca y en nuestro lejos: violencia, enfermedad, soledad, desempleo, crisis económica,...
Humanamente hablando tener esperanza es una verdadera locura.
Pero la esperanza que yo hablo no se funda en fuerzas ni en razones humanas sino en Dios, en su gracia, en su poder, y sobre todo en su gran misericordia para con nosotros.
Porque Dios es misericordia. Ese es el secreto del Adviento.